“EL MERCADO JAMÁS INDICARÁ LA SUERTE DE NINGÚN TRABAJADOR DE LA COOPERATIVA TEXTILES PIGÜÉ”

Con una remera blanca impresa con esta frase, ocho trabajadores de Textiles Pigüé participaron del II Encuentro Regional Sudamericano “La Economía de los Trabajadores”, a fines de octubre, en Montevideo. Pocos días antes, la cooperativa, una gran empresa textil recuperada en 2004 que había sido una de las principales plantas de la empresa Gatic, antigua licenciataria de Adidas y otras grandes marcas de ropa y calzado deportivo en la Argentina, había debido cerrar el taller de aparado debido a la enorme baja de la demanda en los últimos meses. La decisión de la cooperativa, en lugar de despedir a los operarios del sector como hubiera hecho cualquier empresario, fue reubicar a sus compañeros en otro sector y absorber así el costo de la baja de la demanda.

Textiles Pigüé se ubica en la localidad del mismo nombre, un plácido pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires, a unos 600 kilómetros de la capital. La paz de esta pequeña ciudad se vio alterada por un fuerte conflicto laboral cuando quebró Gatic, la principal empresa de la zona. La planta de Pigüé era estratégica dentro del esquema de la compañía porque era la que producía la mayor parte de los insumos que alimentaban a las demás, de las cuales salían los productos terminados. En sus años de gloria, a fines de los 80, Gatichabia llegado a ser un emporio conformado por 12 fábricas que ocupaban, a unos 8000 trabajadores. Para 2004, eran 3500.

Los obreros dieron una dura lucha por recuperar la fábrica: formaron su cooperativa, acompañados en aquel entonces por el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas, ocuparon las instalaciones, fueron violentamente desalojados por la policía bonaerense, pelearon contra la opinión de todos y el juego sucio de algunos que querían vender la empresa a un fondo buitre representado por un “empresario nacional”, fundidor serial de empresas y, finalmente, consiguieron la ley de expropiación para volver a entrar a fines de 2004.

Actualmente, Textiles Pigüé es uno de los más pujantes ejemplos de empresa recuperada por los trabajadores: los 60 que arrancaron la cooperativa hace ya doce años, se transformaron con el correr del tiempo en 140, en una expansión que costó trabajo y sacrifico. Lucha, pero también inteligencia –como remarca permanentemente Francisco Martínez, uno de los trabajadores que fundaron la cooperativa y que fue durante diez años su presidente– para poder recrear un mercado para sus productos, sumando jóvenes profesionales que ayudaran a planificar la gestión estratégica. También incorporaron y renovaron máquinas, participaron de las luchas sociales y políticas de la región y del país, bregaron incansablemente hasta que por fin consiguieron escriturar la fábrica y se convirtieron en administradores de miles de microcréditos para la región, entre muchas otras cosas que jalonaron el desarrollo de la cooperativa.

 

Sin política pública, el mercado son los padres

Con un mercado interno en expansión, llevado a la rastra por la promoción del consumo y el poder adquisitivo de los salarios creciendo por encima de la inflación, Textiles Pigüé consolidó y ganó posiciones en el mercado textil. Una industria marcada por las denuncias de trabajo esclavo y en condiciones de hiperexplotación de la mano de obra, especialmente migrante. Justamente, mientras las denuncias por talleres clandestinos en el ramo se multiplicaban, Textiles Pigüé y otras cooperativas y empresas recuperadas del sector mostraban en la práctica que se puede producir con calidad y rentabilidad sin explotar el trabajo ni atentar contra la dignidad y la vida de los trabajadores, manteniendo a la vez precios accesibles para el consumo popular. La prioridad de la cooperativa siempre fue, en ese sentido, generar trabajo e inclusión social, no la maximización de la ganancia a cualquier costo.

Sin embargo, el mercado no es autónomo de los lineamientos generales de la política económica, y la llevada adelante por el gobierno macrista está afectando gravemente el mercado interno y la industria nacional. La producción textil es una de las ramas más perjudicadas: los datos oficiales hablan de una caída del 25% entre enero y octubre de 2016. Textiles Pigüé es, quizá, la empresa recuperada en mejores condiciones para absorber los golpes del mercado, golpes de una mano pesada y bien visible que abrió las importaciones de China a bajísimos costos, aplicó un tarifazo bestial y desarmó a los tortazos políticas públicas para la promoción de la producción nacional y la protección del cooperativismo. A pesar de la fortaleza del esquema de inversiones y de gestión implementado por la cooperativa, el cimbronazo obligó a cerrar uno de los talleres que hacía poco había decidido abrir, cuando proyectaba un escenario económico que se dio vuelta dramáticamente. El sector de aparado ocupaba a 16 trabajadores que, de seguir las señales claras del mercado, deberían haberse quedado en la calle. Textiles Pigüé, en cambio, optó por reubicarlos en otras partes de la fábrica.

La decisión es notable porque marca la diferencia entre la empresa capitalista y la empresa autogestionada. El orgullo de Textiles Pigüé es haber recuperado su planta y sus puestos de trabajo y haberse convertido en un generador de empleo en la localidad. Por la conformación de la cadena de producción textil, y tratándose de una planta que tiene esa tecnología, la rentabilidad pasa por el corazón tecnológico de la fábrica, la tejeduría -donde se confecciona la tela a partir del hilado- y la tintorería -donde se le da el color. La cooperativa podría funcionar perfectamente y ser más rentable sólo con esta parte de su esquema productivo, pero el 40% de los trabajadores está ocupado en otros tres talleres: de indumentaria, fabricación de corpiños y el ya mencionado de aparado que, en contraste, sólo rinden el 6% de la facturación. Justamente, este sector es el que explica la proliferación de los talleres clandestinos y la sobreexplotación laboral de población vulnerable migrante, para generar esa rentabilidad que Textiles Pigüé compensa con el resto de la fábrica. Por eso, cuando uno de los talleres debió cerrar por quedarse sin mercado, se redistribuyeron los trabajadores en el resto de la empresa, sin pensarlo dos veces ni plantearse que no daban los números, porque lo que importa es generar trabajo y cuidarlo.

Si, como todo indica, la industria textil sigue retrayéndose, Textiles Pigüé claramente va a estar frente a un desafío para continuar esta política y lograr niveles de rentabilidad que le permitan seguir conteniendo a sus trabajadores y manteniendo su nivel salarial. No le faltan recursos para ello. El mercado, saben, no funciona solo, porque para donde sople el viento del Estado es decisivo. Desde el nivel de cada empresa, cuáles son las prioridades de la lógica empresaria le da sentido a esos condicionantes. Por eso, pueden decir que “el mercado” nunca va a determinar el destino de sus trabajadores y que por lo menos parte de la historia, está en sus manos y otra, en las del Estado.