“LA INCOHERENCIA DEL MERCADO ACTUAL ABRE LA PUERTA PARA OTRAS LÓGICAS PRODUCTIVAS”

Como integrante del equipo del presidente ecuatoriano Rafael Correa, Pedro Páez estuvo en la gestación del Banco del Sur y es actualmente el funcionario que tiene la tarea de controlar el accionar monopólico de las empresas en ese país hermano.

Se mueve con tanta soltura en el mundo académico como en el barro de la política. A pesar de que diagnostica “la senectud del capitalismo”, que podría derivar en el escepticismo más desesperante, es el diseñador entusiasta de algunos de los instrumentos de política financiera más interesantes surgidos del hervidero de ideas latinoamericanas recientes.

Pedro Páez Pérez es Superintendente de Control de Poder de Mercado del Ecuador. Una vez más: Control de Poder de Mercado, es decir, un organismo público desarrollado para evitar las prácticas monopólicas de las grandes empresas. El nombre mismo de la dependencia es toda una herejía para la actualidad argentina, plagada de neologismos como “sinceramiento” o “levantamiento del cepo” que ocultan la intervención del Estado en favor de los más poderosos.

–Estamos en un momento de senectud del capitalismo que pienso que hay que leer en toda su profundidad, porque hay un deterioro sistémico de los mecanismos de coherencia entre producción y consumo– dice Páez en la entrevista con Autogestión–. Hay un problema de insolvencia estructural. Existe hoy un volumen de deuda que supera en diez veces el nivel del PIB mundial. Hay una desproporción entre la economía real y la deuda, lo que está pro
vocando fuertes desbalances globales. El mismo concepto de propiedad privada empieza a hacer agua por el papel corrosivo que juega el capital. El mercado contemporáneo plantea una serie de incoherencias que abren la puerta para el auspicio de lógicas productivas que no son sólo la ganancia y la especulación. Se abre la posibilidad de ir construyendo otro tipo de sociedad en el aquí y ahora, dentro del sistema, ir generado larvas de lo que va a ser el nuevo mundo en la lógica cotidiana, disputando la lógica de la moneda, del mercado; disputando la lógica del trabajo desde adentro del propio sistema. Aquella discusión clásica entre Marx y Proudhon, acerca de la Filosofía de la miseria o la Miseria de la filosofía, se dio en un momento ascendente del capital. En las actuales condiciones me parece que es necesario desplegar un debate respecto de las nuevas condiciones estratégicas que se plantean para la construcción de otras propuestas de sociedad que son posibles en lo cotidiano.

–Esa visión rompería un paradigma de la izquierda mundial que se planteaba como revolucionario y que postulaba confrontar totalmente con el capitalismo, destruirlo para erigir otro sistema y que todo lo que uno hiciera participando de la lógica del capitalismo –y eso podía incluir participar en política- sólo reforzaba el sistema.

–Toda la estrategia que se intentó de construcción del socialismo en un sólo país tiene que ver con la formación del capitalismo monopolista de Estado, era un reforzamiento del Estado Nacional. Una historia no necesariamente condenada al fracaso, pero que corresponde a otra etapa. Las actuales condiciones de acumulación de medios de destrucción masiva, de asimetría militar, de globalización y el propio despliegue de las contradicciones del sistema abren la puerta para otra acción política. Creo que es necesario no ignorar las experiencias acumuladas, sino entender los cambios cualitativos irreversibles. Puedes encontrar una fuente de inspiración formidable en los manuscritos económico filosóficos de Marx de 1844 en torno al concepto de alienación, en torno de la cuestión hegeliana de objetivación de lo objetivo, externalización de lo interno, el tema de la concreción del desarrollo de las fuerzas productivas como parte de este proceso de alienación. Marx dice que en la producción hay una situación de extrañamiento que tiene que ver con que la creatura se vuelve en contra del creador, lo abruma, lo subyuga.

-¿Cómo traerías esa discusión a este presente en el que el mercado, concebido en términos puramente capitalistas, parece ser la única medida válida para evaluar viabilidad, éxitos o fracasos de los proyectos, tanto económicos como políticos?

–Yo creo que nuestro planteo debe ser la politización del concepto de mercado, la disputa palmo a palmo del espacio en el mercado, de la moneda, de las finanzas, de la tecnología, algo que tiene que ver con este proceso de recuperación del sujeto. De desalienación que Marx profundiza en términos de fetichización, algunos lo piensan como caracterizaciones similares, yo creo que no es lo mismo: Marx avanza en los desafíos que plantean los procesos de emancipación humana. El fetiche del mercado, del capital, de la tecnología se convierten en elementos que hay que combatir pero no en la medida del pensamiento crítico tradicional, que lo plantea en términos de todo o nada. Eso sería como decir “Avísenme cuando empiece la revolución para empezar los cambios”. O sería como intentar decretar el fin del modo de producción capitalista. Eso podría estar ligado al concepto de asalto del poder bolchevique.

Las relaciones primordiales del ser humano no son relaciones de equivalencia, no son relaciones capitalistas. Y no estamos acostumbrados a verlo. Tanto es así que en el mercado se llama hoy la economía del cuidado al trabajo del ama de casa, un trabajo que no es pagado. Resulta ser que las comunidades, las familias, generan cada día un  subsidio gigantesco que pasa al capital, sin el cual el capital no puede sobrevivir. ¿Te imaginas como se caería la tasa de ganancia si se tuviera que considerar ese costo de reproducción de la fuerza de trabajo?

Volviendo al tema de las empresas recuperadas, la misma mecánica física de transformación que tenía una empresa capitalista adquiere otra dimensión por el mero hecho de que son los trabajadores quienes toman la decisión de producir, que es la democracia del trabajo. Está fundándose una nueva relación laboral en ese acto pequeñito

–Hay ahí una contradicción en la que me gustaría detenerme. El control de los trabajadores sobre aspectos de la producción y del consumo en base a cooperativas u organizaciones populares genera una especie de restablecimiento de condiciones democráticas sobre el proceso de trabajo. Pero al mismo tiempo, cuando el patrón se va, los trabajadores quedan haciendo exactamente lo mismo que hacían antes, intentando insertarse en el mismo eslabón de la cadena productiva. Si lo logran, se insertan en los ritmos de trabajo que les impone el mercado. Y, como compensación, suelen plantear cosas como “saquemos el reloj, la ficha, tomemos libertades” que a veces conspiran contra la propia seguridad del trabajo, como fumar al lado de la máquina, por ejemplo.

–Ahí está la dificultad y la paradoja porque el mundo nuevo tiene que nacer en las entrañas del mundo viejo. La propia tecnología es la corporización de relaciones de capital. Se requiere tiempo para que las máquinas -pensadas desde las necesidades del capital- tengan otras condiciones. El diseño de las ciudades, lo mismo. El mundo que vivimos es efecto de siglos de perfeccionamiento, de sofisticación e intensificación de las lógicas del capital en nuestras vidas.

Es indispensable ser más disciplinados cuando los trabajadores toman una empresa. Porque hay que demostrar que no es necesaria la lógica del capital para organizar, pero es necesario reconstruir los valores. Por ejemplo, para organizar el proceso productivo es necesario plantear nuestra propia contabilidad. La lógica de la contabilidad está diseñada para el estado de bottom line (es decir, el beneficio económico) y tiene que ser replanteado según la lógica de una empresa cooperativa o de una comunidad indígena. O de una economía familiar, inclusive.

Si una cooperativa de trabajo no contabiliza con rigor y con metodología sustentable la gestión de los costos está po-
niendo en riesgo la sustentabilidad de la unidad productiva, pero también está comiéndose el costo de reproducción de las familias, el fondo de reproducción de la fuerza de trabajo. Es necesario crear nuestro propio criterio de eficiencia que no es el criterio del capital. Es necesario plantearnos nuevos parámetros, nuestra batería de indicadores, por ejemplo la gestión del talento humano. Son prioridades absolutamente distintas. Un capitalista incor pora maquinaria en la medida en que le permita bajar los costos. En una lógica centrada en el trabajo y en la familia son temas centrados en el valor de uso, no en el de cambio. Es un desafío teórico enorme en el que los propios trabajadores tienen que romper con los tabúes de la discusión entre trabajo intelectual y trabajo manual.

–Una cosa que cuesta muchísimo.

–Pero que para América Latina resulta fundamental, porque aquello que la CEPAL planteaba de la insuficiencia del anterior régimen de acumulación ahora se vuelve todavía más masivo y sobrecogedor porque hay un esfuerzo cada vez mayor de lo que se llama la composición técnica del capital en términos de materia gris. En el marco de la actual revolución científico tecnológica se demanda trabajo cada vez más calificado.

–La restauración conservadora pasa también por la reapropiación del poder del Estado. La derecha expresa muy directamente el poder de las corporaciones. Forman gobiernos directamente con su gente. Eso nos hace plantear qué hacemos con el Estado.

–Me parece que en este estado de senectud del capitalismo, aquellas conquistas históricas de la modernidad  capitalista se vuelven disfuncionales a una velocidad enorme. Entre otras, el tema de Estado Nacional. Hay una versión que me parece ingenua de ciertos sectores, tanto del anarcosocialismo, como del anarcocapitalismo, desde visiones de derecha. Somos siete mil millones de seres humanos que vivimos en una sociedad compleja, los mecanismos de coherencia entre producción y consumo que generaba el Estado entraron en un proceso de deterioro que nos obliga a repensarlo. Hoy por hoy existe el Estado en una dicotomía, el Estado como centro de control y el Estado como centro de la democracia. Pero el Estado es también el sitio de la trasnacional, desde donde las empresas toman el control, sin mecanismos democráticos.

-¿Quién controla la decisión que toma una multinacional?

La corrupción de los grandes bancos es impune, es parte de una camarilla oligarca cada vez más minúscula, que escapan a todo control democrático, con un nivel de concentración sin precedentes. Creo que hay que desideologizar al Estado y hay que entrarle desde el interés de la población, hay que ciudadanizarlo con las nuevas tecnologías de la información.

Las posibilidades de un control efectivo son mucho más cercanas. La administración de las cosas se vuelve tangible. El tema es el poder y la correlación de fuerzas sobre la que se construye esto, el estado mental, ahí está el tema de la hegemonía, la destrucción de los fetiches de la alienación. Ubicando las capacidades formidables que ha desarrollado el capitalismo para el control del corazón y la mente de la gente. Creo que Gramsci se queda muy atrás respecto de los desafíos culturales e ideológicos que se requieren para avanzar en el siglo XXI y el despertar de los pueblos es un proceso indetenible, el riesgo es que la manipulación involucre terrorismo de estado, operativos cada vez más truculentos.

–Es un poder tan abrumador que parece imposible de parar. ¿Cómo ves la evolución de esto, qué viene?

–Es tan peligrosamente fácil pasar a otro tipo de dinámica social incluso sin romper los márgenes del sistema, que despierta en la cultura oligárquica (que puedes ver en Platón hace 2.300 años) una consigna antihumana, nos plantean caos, guerra, desperdicio, degradación que resulta inmediatamente rentable. Esto que se prometía como la “Primavera Árabe” fue la destrucción de sociedades enteras, la destrucción física de una herencia cultural. La solución a la crisis de sobreproducción es matar mercado, no tienen salida. La solución a la insolvencia estructural de los bancos ha sido darles más plata para que ganen metástasis. Si esperamos la vieja visión de que es necesaria la toma del gobierno para hacer todo (o peor, que no somos nada si no somos gobierno) no sólo es desmoralizante y desmovilizador, sino que abre la puerta para que quienes tienen la sartén por el mango impongan unas condiciones de degradación irreversibles, el daño que pueden generar es una América Latina abocada al conflicto, vulnerable a las condiciones de manipulación geopolítica. Este continente que fue escenario de paz, y más ahora que los pueblos han impuesto la paz en Colombia, puede pasar a ser escenario de una disputa hegemónica entre potencias. O que de la noche a la mañana se reaviven artificialmente conflictos fronterizos o internos en las sociedades.

–Europa, por ejemplo, está viviendo una escalada de conflictos sociales totalmente inventados.

–Totalmente inventados. Y además muy recientes, ¡es tan corto el plazo en que han ido infectando con factores de caos en todos lados! El fetiche del mercado te hace pensar que son temas técnicos interpersonales, cuando en realidad son temas de la macroeconomía y temas de poder. Hay una cercanía entre lo que podría ser una salida  humanista democrática socialista a la crisis, que tiene que ver con el interés del bien común de la especie, de los siete mil millones de seres humanos, y por otro lado el curso de los acontecimientos en manos de una minoría que cada vez entra más en contradicción consigo misma.

El tema de los gobiernos progresistas de América Latina tiene que ser visto en este contexto, modesto como fue, dadas las condiciones en que se dio. Porque las propias burguesías nacionales no tienen nada que ver con las burguesías de los años cincuenta. Por el propio proceso de degradación de la promesa de la modernidad capitalista. Esto plantea una situación que no puede ser desmoralizante. No hay ningún lugar para la ilusión de que vendrá una burguesía ilustrada a sacarnos del problema. La salida de la crisis corresponde al despertar de los pueblos. Por eso es tan importante la construcción de la Patria Grande, para la cual hay que utilizar todos los mecanismos. La nueva arquitectura financiera, el banco del Sur, disputar los mercados, la perspectiva de la Internet de las Cosas, la economía del pueblo, ir construyendo instrumentos financieros que busquen otras lógicas productivas, otra recuperación de sentido. La apropiación del aparato de Estado independientemente de los gobiernos de turno, hacer que la lógica del Estado sea la lógica del pueblo de manera irreversible. Todo esto son una serie de luchas viables en la que la inelectualidad americana tiene una responsabilidad enorme.