Mónica Acosta: “Las mujeres perdemos la vergüenza de salir a luchar antes que los hombres”

Por Florencia Partenio, Andrés Ruggeri y Roly Villani (*) 

En esta entrevista la presidenta de la cooperativa Renacer, la ex Aurora de Ushuaia recuperada hace más de 15 años y que desde su fundación tuvo siempre presidentas mujeres, hace un repaso de esa lucha en la que la participación femenina fue la más decisiva.

Desde su fundación en 2003, la cooperativa fueguina Renacer sólo tuvo presidentas mujeres, pese a que, de los 180 trabajadores que la conforman, la mitad son varones. Y esto no es efecto de ninguna cláusula ni de un sesgo especial, sino que surge naturalmente de la lucha. “Las mujeres nos propusimos dirigir más que los hombres”, sintetiza Mónica Acosta, actual titular de la empresa que elabora electrodomésticos. La historia de Acosta es similar a la de la mayoría de los trabajadores de la isla: llegó desde su Córdoba natal a sus veinte años, a principios de los ’90, atraída por las condiciones de trabajo que surgían del Régimen de Promoción Industrial (los sueldos en Tierra del Fuego triplicaban entonces a los del continente) y las luchas contra el menemismo fueron forjando su militancia y sus construcciones colectivas. Esta nueva oleada neoliberal la encuentra, sin embargo, al frente de un proyecto sólido que se propone como una herramienta para enfrentar los procesos de desmantelamiento industrial.

“Cuando llegué en 1993 entré al grupo Aurora, que era por entonces el grupo más importante de la isla, tenían fabricación de los antiguos Lavaurora, en otra planta equipos de audio, en otra televisión y audio y otra más chica de TV que era donde entré yo. A partir de abril de ese año se empezó a ver la crisis, porque empezó el Tequila (una crisis que surgió en México y afectó buena parte de las finanzas globales) y empezaron los cierres de fábricas. Aurora se fue achicando: de cinco plantas pasaron a tres, después a dos, hasta que solo quedó una. En el ’94 se cerró La Continental, hubo una gran protesta y ahí surgió el primer muerto de los noventa en una protesta social, que fue Víctor Choque. A partir de allí se sucedieron luchas muy fuertes en cada una de los cierres. A fin del ’96 cierra Aurora de manera fraudulenta, de un día para el otro: los dueños habían estado tomando créditos por más de 360 millones de dólares del Banco Nación y otros bancos públicos hasta el último día en que habíamos estado trabajando. Y así nos dijeron, que el barco se había hundido y que sálvese quien pueda. Y que no había posibilidades de reclamar indemnización, que los dueños no iban a producir más y que se habían ido a Uruguay a invertir en peajes. Obviamente se temía por un estallido social, porque era un cierre más grande que el de La Continental. Habíamos quedado 750 personas en la calle. Y la UOM toma la posta, junto al gobierno de Carlos Menem, el Estado Nacional firma un decreto con el gobernador de Tierra del Fuego y los empresarios que todavía quedaban, un marco jurídico para la creación de una Sociedad Anónima, el primer proyecto autogestivo de la época. El secretario general de la UOM cumplía el doble rol de dirigente sindical y presidente de la compañía y la estructura piramidal de la empresa era básicamente la misma que en la época de los patrones, no había un nuevo proyecto, estaba la misma línea de gerentes y supervisores. Lo único que el proyecto implicaba era una gran transferencia de fondos públicos, ATNs (Aportes del Tesoro Nacional) y otras cosas para constituir la empresa más el fondo de desempleo, en un pago único a todos los que la integrábamos. Y al año y medio nos vienen con la idea de que no había forma de producir si no sacábamos un crédito personal de 5000 dólares cada uno de los trabajadores en el banco provincial y a la vez poner como garantes a los cónyuges de todos los operarios. Por supuesto que hubo resistencia y cuando no aceptamos ese tipo de coacciones mandaban a apretar con el sindicato. Nos empezaron a cazar uno por uno, porque éramos muchos que les decíamos ‘pará, acá hubo una millonada para el arranque y no puede ser que a un año estés fundido y no se te ocurra otra cosa que tomar créditos personales’. Ahí empezaron a mostrar la hilacha los del sindicato. Nos empezaron aperseguir a todos los que cuestionábamos el método. A la vez empezamos a exigir auditorías y se forma un pequeño germen de oposición. Me postulé en el ’98 como delegada de la UOM y gané. Y cuando faltaba muy poco para una nueva elección de secretariado para Ushuaia, me arman un congreso trucho y me expulsan. Con el argumento de que atentaba contra las fuentes de trabajo, por mi ideología y no sé qué más”.

–¿Vos estabas teniendo una militancia fuerte en contra de la línea del sindicato?

–Sí, obviamente, yo empecé a militar en el PCR a fines del ’97. Empiezo en realidad en la CCC y había toda una cuestión de detectar a los militantes de izquierda. Una verdadera cacería de brujas en un lugar que es muy hermoso, pero está controlado por todas las fuerzas de seguridad. Hubo un reagrupamiento de compañeros que me acompañaron; el mismo día que me expulsaron despidieron a una compañera entonces nos debatíamos entre qué hacer primero: ¿les tomábamos la UOM o defendíamos a la compañera a la que no dejaban entrar a trabajar? Hicimos lo correcto, defender a la compañera y postergamos la lucha por la recuperación del sindicato porque sabíamos que lo que se venía era la idea de transferir la empresa a manos privadas. El gobierno de la provincia y el sindicato habían laburado para eso, para sepultar el proceso autogestivo con el martillo de remate. Solamente faltaba que terminara de existir la razón social anterior para que ellos se pudieran quedar con todo. Como éramos una SA teníamos que firmar todos, esa especie de transferencia. El negocio que habían armado era que la SA le vendía a Newsan el decreto promocional, que es un bien intangible, por un acuerdo de compra. La oferta era que la mitad de los trabajadores sobreviviría y la otra mitad quedarían librados a su suerte. Armamos una comisión de lucha, un compañero de cada partido, de lo más representativo. Y echamos al gremio, lo sacamos a bolsazos. Nunca había visto a tantas mujeres saltándole al cuello a tipos como estos que están fogueados en eso de apretar gente, de apedrearte la casa.  Todos alumnitos de Lorenzo Miguel, formados con sus mañas y sus métodos. Y lo que menos pensaron era que las más locas que iban a salir tan de frente eran las mujeres.

–¿Por qué pensás que las mujeres combatían más?

–Porque con el trabajo de desgaste que hacían se habían encargado de dividirnos bien y a muchos les habían prometido que continuarían. Y todos ellos eran hombres jefes de familia. La gran mayoría de las despedidas eran mujeres. Y los sacamos de un plumazo. La policía les daba gas pimienta, el sindicato nos hostigaba con las mismas herramientas de la policía. Y nosotros mañana tarde y noche en la empresa, no salíamos. Los maridos traían los bebés para que tomaran la teta y se los volvían a llevar, fue una resistencia muy grande. Nos tiraban bombas molotov en una carpa que habíamos armado, nos querían sacar de cualquier manera.

–¿Cuántos eran en cada grupo y cuantas mujeres?

–Cuando se armó este conflicto éramos 430; muchos menos que los 750 del conflicto del 96. De esos 430, la mitad quería que se privatizara, porque tenía la falsa promesa de que se iba a quedar. Y la otra mitad decíamos todos adentro o ninguno. De ahí había una vanguardia que seríamos unas ochenta personas, mayoría mujeres.

–Cuando quiebra la fábrica, ¿qué porcentaje de mujeres había como empleadas?

–La mitad.  Y eso se fue manteniendo. Por ahí la de lavarropas que era más metalmecánica, había más hombres, pero en la planta de audio y TV éramos más mujeres y cuando terminamos todos juntos quedamos mitad y mitad.  Y cuando se armó el lío, fue un dato que llamaba la atención, la cantidad de mujeres. Nos decían “ahí vienen las negras piqueteras con olor a gomas quemadas”. En ese momento vimos que lo más sentido era el hambre, entonces cocinábamos todos los días, en la fábrica empezamos todas las tareas de mangueo. Somos las que perdimos primero la vergüenza, porque a muchos compañeros les daba vergüenza, después de haber estado en su buen auto, con estabilidad y poder adquisitivo, tener que venir a cortar una ruta. Y nosotras decíamos, bueno, hay que manguear en el supermercado para cocinar, se hace. Y así sosteníamos el comedor. Recién en 2003 constituimos la cooperativa. En agosto salió promulgada la ley de expropiación y en octubre Kirchner nos firmó el decreto de promoción industrial. La gente que quedó del lado de afuera se quedó haciendo lío. Querían vaciarnos la empresa. Cada dos por tres, nos desalojaban. Hasta que se votó la ley. El problema no es si vas a armar una SA o una cooperativa. Lo importante es el tipo de democracia directa. Si hay un consejo de administración que atiende los negocios, la política, la parte contable y la gente está para pasar un plumero, no hay democracia. En nuestra fábrica no pasa eso. Yo estoy en la línea de producción y salgo corriendo para hacer las tareas administrativas, mitad de jornada en cada lugar, porque a mí lo que me une a mis compañeros no es la cantidad de gestiones que hago en el Consejo sino qué tan dispuesta estoy a pasar las mismas complejidades y con el mismo salario que los que están en la línea.

–¿Cómo llegaste a ser Presidenta de la cooperativa?

–No fue al principio. Porque empezamos en el 2003 y yo estoy haciendo ahora el segundo período consecutivo. Siempre estuve acompañando el Consejo, pero no como presidenta, todo este tiempo hubo otras mujeres presidentas. No hubo ningún varón.

–Contanos cómo fue el proceso de puesta en marcha de la cooperativa.

–Arrancamos a trabajar en el 2004 primero prestándole servicios a otras electrónicas. Después vendiendo los insumos al Estado y después, en 2007, arrancamos una etapa con el primer monotributo social y el primer Manos a la Obra. Lo terminamos cobrando en el 2007, era para comprar dos contenedores de microondas. Esa fue la primera importación, el primer trabajo propio que hicimos. Compramos los componentes, las placas vacías y hubo que adecuar un proceso productivo que, en el caso de los microondas, demandaba 120 personas para la logística, el ensamblaje, todo. Y nosotros no llegábamos a esa cifra, entonces empezamos a trabajar con los hijos, los que cumplían los 18 entraban a la fábrica. Entraron 40 en la primera camada, dos años después, cuando tuvimos la línea de aspiradoras, unos 25 más y en 2016 entraron otros más. Entre todos, más los que éramos, somos ahora unos 180.

–¿En 2016 incorporaron trabajadores, ya en pleno gobierno de Macri?

–Sí, porque habíamos cerrado contratos el año anterior. En 2015 cerramos contratos con clientes nuevos, además de los que ya teníamos, que eran Newsan, Garbarino, la Cooperativa Obrera, todo eso era microondas. Ahí nos diversificamos lindo, armamos la línea de TV. Y estamos trabajando para varias marcas.

–¿Por qué casi todas las coordinadoras son mujeres? ¿Hay una decisión de la cooperativa?

–No. El proceso de lucha terminó siendo un proceso de perfeccionamiento en las líneas de trabajo. Somos metódicas, disciplinadas y estructuradas en el laburo. Nosotros no despedimos ni echamos a nadie, y tenemos un estatuto que es una norma mínima de disciplina para el trabajo. Cuando entraron los jóvenes, los hijos, entró también una idea distinta; ellos no habían participado del proceso de recuperación y no entendían todo lo que nos había costado llegar hasta ahí. Los mismos pibes cuentan hoy que algunos papás y mamás no contaban en la casa lo que era la lucha porque si no se armaba la discusión. Todos nosotros tuvimos muchas rupturas familiares, nuevos matrimonios, familias rearmadas, como efecto de la lucha. Y muchos de esos pibes empezaron a conocer la historia de sus padres cuando se incorporaron a la fábrica. Algunos padres que estuvieron en el ’95 en la represión de La Continental ¡no lo habían contado en su casa! Nos habíamos alzado contra el Gobierno, habíamos estado a las pedradas contra la policía y el tipo en la casa decía, “no hijo, eso no fue así”. Ocultaron su pasado de lucha. Cuando entraron los pibes les mostrábamos los videos y muchos decían “esta no me la contaron”. Y las mujeres se propusieron la meta de dirigir más que los hombres. Por eso es que hay compañeros que dicen: “Está bien que siga la compañera, con un nuevo mandato en la coordinación porque tiene carácter”. Hay una gran mayoría de varones que reivindica siempre nuestro rol. Con esta presión cultural de que el hombre tiene que proveer, muchos tipos se bajonearon, tuvimos cinco o seis cánceres fulminantes, todos después del despido. Y las mujeres estaban todas siempre para todo. Las católicas se encontraban con su fe en la religión, las que éramos más militantes profundizamos la militancia, pero todas abrazaban una justificación para no bajar los brazos.

–Y vos ¿a quién te abrazaste?

–Yo me abrazaba a Mao. (Risas) Me la pasaba leyendo. Varias veces me dijeron: “conseguite un macho real y dejate de joder con esos próceres de libros”.

–¿Y cómo las ven en la comunidad, afuera de la fábrica?

–Dejamos de ser las negras con olor a goma quemada para pasar a ser manos que trabajan, manos que donan, mujeres que están en los actos escolares, donando microondas, haciendo vajillas de plástico, y nos invitan a todos lados. Aunque hubo siempre mucho intento de disciplinamiento de una manera muy dura. Cuando se desata todo este quilombo en el año 2001, cuando queríamos comprar la empresa, muchos maridos laburaban ahí. Mi ex marido era supervisor de Newsan. Un día sábado les ganamos por tres votos que no se vendía la empresa a Newsan. El día lunes lo despidieron a él. Sin causa, le dijeron, “bueno, agradecéselo a tu señora”. A partir de ahí el tipo se convirtió en mi enemigo público número uno. Me odiaba, me decía que yo había privilegiado una causa con gente desconocida por sobre un interés familiar.

–Me hace acordar a algo que pasó con Acoplados del Oeste. Les cayó la policía en las casas por denuncia de que faltaba un acoplado. Era obvio que el acoplado no podía estar en la casa de nadie, uno lo interpreta como la intención de golpear en las relaciones familiares, que los compañeros tengan vergüenza de que los vecinos vean que llega la policía.

–Sí, es muy habitual que golpeen donde más duele. Si la familia no está fuerte, te buscan quebrar por el lado de la familia. Porque saben que el tiempo que vos dediques a rearmar algo que se resintió en tu familia es tiempo que no vas a estar luchando o con las defensas bajas. Al tiempo que me separé, me puse en pareja de vuelta, con el actual papá de mis hijos. Y yo no le quería decir a nadie quién era el padre para que no me golpearan por ahí. Nada de mi vida privada. Y el abogado de Newsan me dice “¿Qué vas a hacer, siendo madre soltera, esa criatura va a tener un montón de demandas, con necesidades, no te das cuenta de que esto no lo van a poder reactivar? Yo te sugiero que abras una cuenta en el banco, esa criatura va a tener garantizada la vida hasta la universidad”. Así todo el tiempo. Buscan tu talón de Aquiles todo el tiempo. Pero esas cosas nos terminaron haciendo más fuertes a todos. En medio de la hambruna fuimos capaces de no agarrar un puesto en el Estado por soborno.

(*) Esta entrevista fue publicada en el número 6 de la revista Autogestión para otra economía, distribuido en mayo de 2018 y cuyo eje central fue género y autogestión. Un año más tarde, en junio de 2019, Mónica Acosta se convirtió en la primera trabajadora de la autogestión argentina electa para un cargo legislativo: será diputada provincial por FORJA, en Tierra del Fuego.

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