El buen comer, un trabajo para la Economía Popular

Por Roly Villani

Con fotos de Ariel Martínez Kunrath

La forma en que comemos cambió drásticamente en los últimos veinte años. Ese cambio en nuestra alimentación, que está generando enormes problemas de salud a nivel mundial, está íntimamente vinculado al hecho de que diez empresas controlan el mercado mundial de la alimentación. ¿Qué tiene el sector cooperativo y de empresas recuperadas para decir sobre eso? Muchísimo: pese a los golpes que vienen sufriendo por parte del neoliberalismo, las cooperativas de consumo y de producción agropecuaria tienen larga tradición en nuestro país. Y dentro de las empresas recuperadas, el rubro alimenticio es el segundo en importancia, después del metalúrgico. Si es cierto que el empobrecimiento nutricional de la comida contemporánea está vinculado a la ampliación de los márgenes de ganancia de las corporaciones que dominan el sector, la economía popular aparece como el actor necesario para dar vuelta los indicadores de devastación alimenticia.

Comida que engorda y no alimenta

En el mundo contemporáneo, la enorme mayoría de las personas muere por enfermedades vinculadas a las condiciones de vida, llamadas técnicamente enfermedades no transmisibles (ENT), es decir enfermedades cardiovasculares, respiratorias, cáncer y diabetes. De algo hay que morir, dice con indolencia el sentido común, pero estos cuatro grupos de enfermedades son responsables de más del 80% de lo que la ONU (o su oficina vinculada a la alimentación, la FAO) llama “muertes prematuras por ENT”, es decir, personas que mueren entre los 30 y los 69 años por causas vinculadas a los patrones de consumo y estilos de vida. En nuestro país, la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo publicada en abril de este año encontró que 6 de cada 10 adultos presentaron exceso de peso, y se registró obesidad en un cuarto de la población, indicador que aumentó un 22% respecto de la edición 2013 y un 74% respecto de la primera edición, en 2005, de esa encuesta oficial. Es decir, el problema viene creciendo de manera sostenida. Pero la obesidad o el sobrepeso no solo son factores de riesgo para las ENT, sino que, en muchas ocasiones, los cuerpos robustos ocultan casos graves de desnutrición: la Federación de Graduados de Nutrición (FAGRAN) viene alertando desde hace años sobre los índices crecientes de anemia en los niños en edad escolar, que se evidencian en bajo peso, baja talla y carencias de micronutrientes. Cuerpos más pequeños pero más robustos de lo esperable.

El año pasado, los gerentes globales de Danone se quejaban de que los accionistas de la compañía presionaban para mejorar los márgenes de ganancia en detrimento de la calidad de los insumos. Hace poco, los diarios financieros contaban que los inversores de PepsiCo querían dividirla en dos compañías, una de snacks y otra de gaseosas. Y que la CEO, Indra Nooyi, evitó la división “al recortar costos, reforzar el marketing y poner más énfasis en gaseosas en los Estados Unidos para revivir ventas y ganarle participación de mercado a Coca-Cola”. Los alimentos pensados como productos y como efecto de las acciones de corporaciones tienen un efecto devastador sobre la salud.

Los trabajadores lo sabemos bien. Lo primero que hicieron los compañeros de La Litoraleña cuando recuperaron la empresa fue mejorar la fórmula de las tapas para empanadas. “Veníamos viendo el desastre que estaban haciendo los dueños de la empresa -relata Luis Baini, presidente de la cooperativa-. Estaban comprando cualquier harina, cualquier margarina, abaratando costos con la materia prima y el producto bajó mucho la calidad, así que la primera prioridad de la asamblea, cuando la recuperamos, fue cambiar la fórmula, mejorar la calidad, y es algo que seguimos haciendo pese a los costos, tratar de mejorar el producto, porque nosotros comemos lo que elaboramos”. A diferencia de la búsqueda maniática de ampliación de la ganancia que buscan los accionistas de las empresas multinacionales, Baini dice que la asamblea de trabajadores que evalúa semanalmente la evolución de la empresa considera que pudo sobrevivir a este infierno neoliberal, en gran medida, por la mejora de la calidad de las tapas. “Es que tenemos un local a la calle y nos compran los vecinos de la empresa. Si no fueran buenas, los vecinos nos matarían”, bromea. La cercanía del vecino y la distancia del accionista de la multinacional, dos de las salidas posibles al laberinto de la alimentación contemporánea.

¿Qué alimentos y quién los elabora?

Otra consecuencia del enorme rediseño del panorama mundial de la industria alimenticia, y de ese entrelazado de empresas dictado por la necesidad de expansión del capital industrial, fue el acaparamiento de las tierras y la expulsión de los productores agrícolas tradicionales por parte de la agricultura industrial y su régimen alimentario. La organización internacional Vía Campesina, que elaboró años atrás el concepto de Soberanía Alimentaria, para designar el derecho de los pueblos no solo a comer sino a saber qué comen y a decidir cómo se produce, sostiene que el régimen actual “se basa en el aumento de la utilización de químicos altamente tóxicos, dependiente en los insumos basados en combustibles fósiles y la creciente explotación de trabajadores agrícolas rurales y la pérdida de la biodiversidad”.

Unos cuatro años atrás, la UTT (Unión de Trabajadores de la Tierra), que nuclea a pequeños productores agrícolas, se planteó un desafío: comenzar un proceso de reconversión hacia el abandono de agroquímicas. “Empezamos con las primeras experiencias en unas pocas parcelas de compañeros históricos de la organización en Berazategui, La Plata, Olmos. Fuimos multiplicando este sistema con un método de campesino a campesino, y vimos que funcionaba, entonces construimos el CoTePo (Consultorio Técnico Popular), que desarrolló toda una plataforma de bioinsumos como los purines de ortiga, de sauce, de paraíso, que buscan repeler los insectos pero sin químicos”, dice Juan Pablo Della Villa, secretario de comercialización de la UTT. Con el tiempo, fueron viendo que esa técnica de bioinsumos permitía ir “sanando” el campo y que, al cabo de cuatro años, no era necesario colocarle nada más, porque la tierra viva, libre de agroquímicos, permitía el manejo de los microorganismos vivos. “A los cuatro años de desintoxicación, la tierra no necesita otra cosa que un buen manejo. Por ejemplo, si tenemos problemas con el gusano, sabemos qué plantarle para que coma eso y no vaya al vegetal que queremos cosechar. Y no lo matamos. Y ese gusano muere y genera equilibrio constante de vida, lo que da como resultado la verdura más rica del mundo”. La UTT abrió este mismo año el primer Centro de Distribución Mayorista Agroecológico en Valentín Alsina, y cualquiera que haya comprado los bolsones de verdura que se están repartiendo cada vez con mayor masividad, puede certificar que esa verdura es, efectivamente, la más rica del mundo.

“Pero no solo se mejoró la calidad de lo que se produce -dice Della Villa- sino que rompimos la rosca de la famosa Revolución Verde, una mentira instalada mediática y culturalmente que hacía que las familias campesinas se tuvieran que esclavizar para pagar los productos de las multinacionales: una semilla híbrida que necesita fertilizante y plaguicidas, si no, no funciona”. La lucha de la UTT y de otras organizaciones campesinas es, ahora, por el acceso a la tierra. Y en ese punto, enlaza con la experiencia de los trabajadores de empresas recuperadas: la propiedad privada de la tierra y de los medios de producción, para decirlo en terminología clásica, conlleva un empobrecimiento de los productos de la civilización. Cuando una persona o un grupo de personas “invierte” en terrenos o en montar una empresa, tiene, por definición, que sacarle una rentabilidad mayor a ese negocio que la que le paga el banco o la especulación financiera. Esa necesidad de rentabilidad termina siempre presionando sobre las condiciones de trabajo y la calidad del producto.  La Soberanía Alimentaria plantea el derecho de los pueblos a decidir qué comen y cómo se elabora ese alimento. Ese reclamo se cruza con la necesidad de explorar otras formas de propiedad de las empresas, algo que las cooperativas vienen haciendo desde hace años.

“En los años ‘90 había que resolver el hambre de manera urgente. Dos décadas después, hay una crisis multidimensional y la Economía Popular es una respuesta a esa crisis, con experiencias que por el momento están poco desarrolladas pero tienen por detrás ese concepto de embrión de la sociedad a la que queremos ir”, dice Lito Borello, referente de la Organización Social y Política Los Pibes. Con un trabajo fuerte desarrollado en el barrio de La Boca, Los Pibes desmontó un comedor que tenía y armó un distribuidor de comida: “Decidimos no tener comedores para no romper la organización familiar, que bastante rota está. Una vez a la semana repartimos por grupos la porción de carne, pan, fruta, verdura, lo que le corresponde a cada familia, y cada uno la cocina a la manera que quiere”, dice Claudia, integrante de la organización. Pero unos cinco años atrás, se tomó una decisión trascendente: dejar de comprar a los mayoristas y armar una red de proveedores de la Economía Popular. Salieron a visitar pequeños productores, cooperativas y empresas recuperadas. “Ir al mayorista era quizás más fácil, vas una vez y comprás todo, pero de esta manera potenciamos el sector que queremos y, además, sabemos qué estamos comiendo y cómo se produce”, dice Mariana Moricz, integrante de la organización. Así tomaron contacto con pescadores artesanales, frigoríficos recuperados y cooperativas de pequeños productores campesinos, construyendo un verdadero entramado de organizaciones del campo popular. Algo que las empresas recuperadas llaman integración cooperativa. “Entendemos que este método tiene que ser eficiente y autosustentable pero no puede tener la lógica de la ganancia del capitalismo -dice Borello-. Es una forma de construir hegemonía. Así como nos colonizaron la cabeza, colonizaron el estómago: comemos lo que ellos quieren, cuando quieren, y lo compramos donde quieren. La Soberanía Alimentaria plantea recuperar autonomía para que nuestras familias no estén alimentadas con comida chatarra”.

El mito de 2025

Las diez empresas más grandes del mundo en materia alimentaria, que controlan más del 80% de la producción y comercialización de alimentos (sin contar los alimentos frescos, que tienen una realidad muy distinta en cada país), entrelazan su negocio con la agroindustria y la industria farmacéutica, lo que va moldeando alimentos cada vez más procesados y diseñados para ser consumidos antes que para alimentar. La antropóloga Patricia Aguirre, autora del libro Pobres gordos, ricos flacos, lo plantea de la siguiente manera: “La industria alimentaria no hace alimentos para comer, hace alimentos para vender. Lo que quiere es que vos picotees, no que comas. Y la publicidad te dice ‘la mesa es una pérdida de tiempo, la comida casera es grasosa y fea. Comé mi producto envasado mientras caminás y mientras trabajás, que esto es lo moderno’”. Aguirre señala con esto una de las falacias de la industria alimenticia, que se autoasigna la misión de “salvar” al mundo del hambre. Uno de los mitos más difundidos por sus propagandistas dice que, de los 5500 millones de personas que habitan hoy la Tierra, se pasará a 8000 millones en el 2025 y que, para entonces, el planeta no tendrá capacidad de generar la cantidad de alimentos necesarios para dar de comer a todas esas personas, a menos que se utilicen los criterios productivos tecnológicos. Pero ya está visto en el negocio agroindustrial: si las empresas más grandes invierten en tecnologías que le otorgan un diferencial sobre las demás empresas, se refuerza la lógica de la concentración, inherente al capitalismo. Y a medida que se concentra y centraliza el capital, se oligopoliza o empobrece cada vez más la oferta, y se crea un poder empresarial formador de precios, con poder político en muchos casos superior al poder de los gobiernos nacionales y, por ende, contradictorio con la lógica intrínseca del sistema democrático.

La falacia de “alimentar al mundo en 2025” oculta el hecho de que el mayor problema del hambre no es la producción de alimentos sino la feroz ineficiencia del capitalismo para distribuirlos de manera equitativa. Una vez más, Baini, de La Litoraleña, plantea la cuestión: “Nosotros tratamos de usar la menor cantidad de aditivos posibles. Pero las cadenas de comercialización no te agarran un producto que se venza a los 15 días”. En la experiencia de la UTT tiene un papel central el Consultorio Técnico Popular (CoTePo), que elabora tecnología pensada desde una lógica distinta que la del máximo beneficio en el menor tiempo posible. Dicho de otro modo, no se trata de regresar a formas previas de producción, sino de invertir mucho más en investigaciones que resuelvan los problemas de las mayorías y no que elaboren soluciones para la baja de costos del capital.

Los bolsones de verdura agroecológica son un verdadero fenómeno de comercialización alternativa. De su mano, cientos de almacenes cooperativos crecieron el último año por todo el país. Por el momento son una experiencia incipiente, pero la enorme aceptación que lograron en poco tiempo habla de la importancia que tiene romper también el poder de las cadenas comercializadoras sobre los productores. A principios de este año, por ejemplo, la organización La Dignidad abrió un almacén de estas características en un local ubicado en el Hotel BAUEN. Rafael Klejzer, referente de esa organización, lo explicaba de la siguiente manera: “Hay cuatro o cinco comercializadoras que digitan el precio del alimento. Queremos tomar en nuestras manos la comercialización, vamos a ir a un esquema de fortalecer el sector cooperativo y que la ganancia sirva para sostener este sistema y no acumular”. Klejzer sabe, sin embargo, que no son pocos los obstáculos que puede tener esta estrategia, sobre todo en un año electoral como el que se presenta: “Aplicar una política agresiva de comercialización popular es pelearse con Carrefour. Nosotros vamos a hacerlo, y si hay un gobierno que lo tome como política pública, mejor”.

Lo colectivo mejora la calidad en todos lados

No solo en nuestro país los trabajadores que se hacen cargo de la gestión de fábricas de alimentos intentan reencauzar hacia una producción más saludable las empresas que recuperan. En Francia, un largo conflicto que duró 1336 días (casi cuatro años), tras el cierre de una planta de producción y empaquetado de infusiones en la localidad de Gémenos, cerca de Marsella, llevó a la formación de la cooperativa obrera SCOP TI. Los 80 trabajadores y trabajadoras, después de una larga e inusual lucha para el contexto europeo, debieron afrontar la decisión de la multinacional Unilever de llevarse la fábrica (de los conocidos tés Lipton) a Polonia, desde donde producirían a más bajo costo, con menos impuestos, menos protección laboral y, sobre todo, sin un molesto y combativo sindicato. Lo más insultante de todo es que se llevaron la marca tradicional de la región, el té L’Elephant, que pasó a producirse en Polonia y ser importado a los supermercados de la propia Francia. Finalmente, los trabajadores lograron vencer en el conflicto al forzar la intervención del Estado francés, logrando no solo el reconocimiento de la cooperativa, sino el traspaso de la propiedad y las maquinarias, y una indemnización colectiva de 20 millones de euros, que utilizaron para relanzar sus productos. Todo, menos la marca L’Elephant.

Una de las cosas a la que la cooperativa le prestó atención fue la reconversión del producto a una línea más natural, eliminando conservantes, colorantes y saborizantes para reemplazarlos con frutas e ingredientes de los productores locales y de los países del Magreb, al otro lado del Mediterráneo. Además de relanzar sus productos por los canales de venta tradicionales (supermercados), hicieron una marca de mayor calidad con estos criterios que se vende en circuitos alternativos ligados a la economía solidaria y el comercio justo. Esa marca se llama 1336, en alusión a los días que duró la ocupación de Fralib, para convertirse en la SCOP TI.

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