Cadena de valores: pensar la economía solidaria

Por Eduardo Amorín

Ilustración de Martín Malamud

Competencia y asociativismo, valor de intercambio y costos. ¿Con qué conceptos y valores se reconstruye un mercado superador del capitalismo? Algunas experiencias de consumo solidario e intercooperación van marcando el camino, pero la teoría que les da sustento está apenas arrancando.

En nuestro país, la experiencia histórica de consumo cooperativo del Hogar Obrero, reflejada en el modelo de los recordados puntos de venta “SuperCoop”, ha dejado en el imaginario del consumidor promedio el recuerdo de que es posible organizar el consumo de otra manera. Hasta su crisis y desaparición a principios de los noventa, la cooperativa centenaria estaba entre las siete principales empresas nacionales de comercio, representaba más del 25% del mercado supermercadista, contaba con más de trescientos puntos de venta, daba trabajo a más de trece mil empleados y poseía millones de asociados beneficiados directa o indirectamente con sus servicios de consumo, crédito y vivienda. Su inmensa estructura lo convertía en un ordenador fundamental del mercado y en un fijador de precios que equilibraba los abusos en la intermediación y comercialización de productos de consumo familiar. No es casual que el modelo económico aplicado por el menemismo haya intentado destruir el modelo de consumo cooperativo, controlado democráticamente por sus consumidores y consumidoras. El Hogar Obrero pudo superar el proceso hiperinflacionario de fines de los años ochenta, pero no logró superar las reglas de juego que impuso la Convertibilidad, en pleno proceso de crecimiento y expansión. En menos de un año, la embestida neoliberal de aquel entonces confrontó con la incapacidad de la entidad de dar respuesta financiera y, uno a uno, los puntos de venta “SuperCoop” comenzaron a desaparecer, mientras miles de ahorristas se sintieron injustamente defraudados. Le tomó diez años a la Cooperativa completar el concurso de acreedores y volver a normalizar su actividad institucional, ahora actuando solo como cooperativa de vivienda.

Situaciones similares vivieron las experiencias de consumo cooperativo en los distintos países latinoamericanos, dejando las puertas abiertas al ingreso irrestricto y posterior instalación de grandes grupos de comercialización concentrados y transnacionales, que actuaron como intermediarios poderosos, capaces de acumular y especular para después fugar capitales lejos de nuestro continente. Junto con las cooperativas de consumo, la mayor parte de los mercados públicos y almacenes de barrio encontraron un punto final obligado en manos de los intereses foráneos, e inmediatamente las micropymes y pymes, industriales y agrarias, se transformaron en rehenes del nuevo escenario. Una situación similar vivieron con la concentración de los diversos mercados productivos, víctimas de una caída libre hasta tocar fondo con la crisis de 2001. Las experiencias autogestionadas son una consecuencia directa de este escenario como estrategia de supervivencia, en un contexto crítico del sistema mundo propuesto por el neoliberalismo.

El desarrollo del modelo de exclusión neoliberal dio lugar a que las experiencias asociativas y autogestionadas cobraran una nueva impronta como alternativa válida de organización de los trabajadores y las trabajadoras, y superadora del modelo de explotación capitalista. Cada vez que el mercado encuentra sus limitaciones naturales, aparecen nuevos procesos que demuestran la viabilidad de la producción desde la perspectiva autogestionada. Todas estas nuevas experiencias, montadas sobre el modelo histórico de organización cooperativa, han tenido una etapa de constitución y consolidación. Pero el dilema subyace en que gran parte del éxito y la continuidad en el tiempo de dichas experiencias, y su viabilidad como modelo alternativo de organización, depende del mercado capitalista de intercambio. Es aquí cuando la comercialización en escala se convierte en el desafío natural para el éxito de estas experiencias.

Táctica y estrategia de crecimiento

Muchas empresas autogestionadas han surgido a la luz a través de la recuperación de empresas por la crisis estructural en la Argentina de diversos rubros productivos, tales como el servicio de impresión gráfica, el servicio gastronómico, la confección textil y la industria frigorífica. Otras nacieron exclusivamente por el impacto del rubro en el crecimiento de la economía del modelo kirchnerista, tales como el desarrollo de software y la construcción. Algunas de estas unidades se agruparon en propuestas de actividad comercial conjunta e instalaron la idea de que, para afrontar en igualdad de oportunidades el mercado, el desarrollo de una economía alternativa necesita que cada rubro integre un bloque único, capaz de sistematizar y relevar variables de similares características.

A la par de las empresas autogestionadas, y acompañando los distintos formatos de organización popular, han surgido numerosas experiencias de comercialización con la voluntad de crear mercados alternativos que buscan llevar a consumidores y consumidoras los resultados productivos de esta otra economía, eliminando variables de intermediación y especulación. En la mayoría de los casos, tomando como referencia los modelos organizativos nacidos en Rio Grande do Sul, nodos de consumidores y consumidoras y ferias populares comenzaron a dimensionar que un modelo alternativo de producción debe ser acompañado por una nueva cultura para la organización del consumo. Y no es casual, dado que en el hábito inconsciente del consumo subyace el combustible de nuestra obsoleta mentalidad de mercado.

Pareciera que la propuesta neoliberal de una sociedad de consumo en la región resurge con mayor fortaleza que veinte años atrás, y que las experiencias autogestivas y asociativas no cuentan aun -en líneas generales- con modelos de producción y comercialización que les permitan mantener frente al mercado la autonomía necesaria para promover la economía de los trabajadores y trabajadoras como una alternativa socioeconómica viable.

Es imposible concebir un nuevo modelo propositivo de organización del trabajo sin una estrategia clara de comercialización que supere, a su vez, las limitaciones que el mercado de capital trae consigo para las experiencias de organización colectiva de la producción. Los diversos formatos existentes que engloban la Economía de los Trabajadores y las Trabajadoras quedan incompletos sin un canal de distribución que les dé sustentabilidad y que, al mismo tiempo, proponga nuevas formas de intercambio capaces de transformar los hábitos de consumo impuestos en la etapa actual capitalista. El consumo solidario se convierte en una propuesta que acompaña por necesidad a la consolidación de la agricultura familiar, el cooperativismo agrícola, los microemprendimientos, las empresas recuperadas, las cooperativas de servicios y todas las expresiones de producción autogestiva. Incluso la idea de capacitación y profesionalización de las experiencias para su competitividad en el mercado encuentra, tarde o temprano, la contradicción dentro de su propia necesidad, al ser experiencias sin capital en un mercado que se rige por la capitalización en sí misma. Entonces, la capacidad de organizar la demanda encuentra su lugar como eslabón fundamental en la construcción de una economía diferente y posible.

Rotas las cadenas, nuevos valores

Los analistas de mercado nos transmiten con el concepto de cadena de valor una herramienta dinámica que permite analizar las posibles ventajas en el campo de la competencia con fines de lucro, evaluando cada uno de los costos, con el objeto de disminuirlos en sus distintas interacciones. Mejorando los márgenes se incrementa la capacidad acumulativa y en la competitividad se obtienen mayores resultados en la guerra sin cuartel que propone el mercado de capitales. Pero reemplazar el lucro por la solidaridad no implica que la cadena de valor haya dejado de ser una variable de análisis a tener en cuenta dentro de las experiencias autogestionadas. Por el contrario, resignificar los preceptos bajo los cuales se constituyen las cadenas de valor en la otra economía es una inmensa responsabilidad. El contexto desfavorable incluso nos lleva a comprender que no hay alternativa posible para subsistir más que aunando esfuerzos con otras lógicas de interacción productiva y comercial. La inercia del escenario neoliberal nos llevará, tarde o temprano, a un embudo en la competencia de mercado en el que eliminar las experiencias autogestivas será una prioridad; más aun, si el Estado se encuentra en manos de alguna expresión ideológicamente neoliberal.

Si bien la serie de elementos a tener en cuenta para enredar constructivamente los procesos productivos comerciales podría ser infinita, podemos imaginar algunos pasos iniciales que nos permitan trazar un sendero posible de transitar en el tiempo. Un primer paso estaría en la intercooperación potencial entre experiencias. Es responsabilidad de las organizaciones fomentar que cada una de sus cadenas de valor apueste a elegir en sus insumos la producción autogestiva. Mientras que el mercado ofrecerá siempre alternativas hipotéticamente más competitivas, puede haber una decisión de valor solidaria a la hora de privilegiar la autogestión frente a otras ofertas. La alta competitividad a la que lleva el mercado no es más que una trampa de corto plazo que invita a las experiencias a competir para subsistir. Pero esta decisión no termina en las experiencias análogas, sino que se extiende a otro tipo de organizaciones: las de consumo asociativo, ya sea comercializadoras, cooperativas de consumo, mutuales, o bien organizaciones sindicales que nuclean trabajadores y trabajadoras inmersas en el mercado capitalista de consumo.

Si bien daría la sensación de ser un proceso simple, tan solo dependiente de una decisión correcta, la cultura de la competencia en un contexto crítico tiende a generar la paradoja de una idea contraria. Será un buen comienzo simplemente revisar las interacciones actuales en las cadenas productivas, igualando el valor del costo al valor solidario del otro componente en la cadena. Si existe diferencia en los costos, podrán ser compensadas con el crecimiento de la demanda generado por un nuevo eslabón en el final de cada cadena. Ambos eslabones tienen que evaluarse como parte de un mismo abordaje de la intercooperación. Para la organización en escala de la producción, son fundamentales los acuerdos entre organizaciones de segundo grado y el reemplazo de productos del mercado de capitales por productos autogestionados. Elegir la intercooperación es elegir el largo plazo y apostar a hacer viable la otra economía.

Un segundo paso se apoyaría en la sostenibilidad asociativa, entendiendo que las herramientas de financiamiento productivo deben ser organizaciones financieras del mismo campo asociativo. En la mayor parte de los casos el eslabón más débil de la cadena será la falta de inversión de capital inicial, proyectado en la obsolescencia tecnológica, la escasa materia prima, la imposibilidad de inversiones focalizadas, entre otras cuestiones. Mutuales y cooperativas de crédito de diverso tipo pueden transformarse en las aliadas estratégicas de la producción autogestiva, llevando a cabo las gestiones adecuadas. El financiamiento de la capacidad productiva y la inserción en mercados de valor que garantice pisos de sustentabilidad y crecimiento en escenarios adversos para la competencia en el mercado de capitales, sobre todo ante la ausencia de políticas de Estado que operen como instrumentos de intervención.

La aplicación de una sostenibilidad asociativa posibilita la estructuración de niveles y prioridades en la comercialización de productos, diferenciando los canales de distribución propios del sector con los que son propios del mercado de capital. El neoliberalismo siempre tenderá a facilitar escenarios en los que reinará la reducción de posibilidades para las expresiones autogestivas, y será la capacidad de financiar la capitalización lo que multiplique las posibilidades y permita llevar adelante nuevos caminos propios y con viabilidad en el largo plazo.

Una tercera chance radicaría en la construcción de redes de colaboración solidaria (tal como lo propone el autor Euclides André Mance), en una propuesta de fortalecimiento mutuo con la combinación de actividades de consumo, producción, comercio y financiamiento. La integración de herramientas de organización en red permite un abordaje integrado que lleva a la regionalización de la capacidad de intervención. El armado de redes conecta las unidades de producción, servicios y consumo final ya existentes y pone de relieve las unidades que faltan para la constitución de nuevas células para la complementariedad de las nuevas cadenas de valor.

Es responsabilidad de las estructuras de segundo y tercer grado construir redes de colaboración solidaria sustentables en el tiempo para satisfacer las demandas que impone la coyuntura que ha devenido del modelo neoliberal. La autogestión solo es posible como modelo alternativo ponderable si existen oportunidades de intercambio que construyan un mercado que no valore de la misma manera que el mercado tradicional las capacidades productivas y comerciales. Un modelo económico superador del capitalismo debe contar con un mercado también superador, que consolide una escala necesaria para darle viabilidad a esas experiencias, asumiendo tanto el valor económico como el valor simbólico de la comercialización.

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