Un 1 de mayo entre lo viejo por morir y lo nuevo por nacer

Por Andrés Ruggeri

Publicada originalmente en Agencia de Noticias ANSOL 

El Primero de Mayo, la jornada internacional de lucha de la clase trabajadora, atravesó por numerosas instancias en su historia centenaria, pero posiblemente ninguna como esta cuarentena mundial provocada por la pandemia de coronavirus. Mucho se ha escrito, a veces con fundamento y otras no tanto, sobre lo que esta situación modifica y desafía. Lo que con toda seguridad muestra la pandemia es que la contradicción capital-trabajo sigue siendo el eje estructurante de nuestras economías, exponiendo más que nunca la naturaleza inhumana del capitalismo.

 

Podemos ejemplificar con la enorme presión de las corporaciones empresarias sobre el gobierno y los sindicatos para descargar el costo de la paralización económica sobre quienes viven de su trabajo. El grito de guerra lo dio, cuándo no, Paolo Rocca, al despedir a casi 1500 obreros de obras a cargo de su empresa y presionar sobre el gobierno para el levantamiento de la cuarentena. Las respuestas del Ministerio de Trabajo dictando la conciliación obligatoria y el decreto que prohíbe despidos mientras dure la emergencia apenas alcanzaron a frenar el avance empresario, que siguió con despidos y suspensiones en diversas empresas, hasta represión como la del frigorífico Penta en Bernal. El resultado de la extorsión fue el reciente acuerdo entre la UIA y la CGT para suspender trabajadores con un descuento salarial.

Esta presión por arriba tiene una contracara que es la necesidad por abajo. A diferencia de los asalariados, cuya lucha pasa por asegurar el pago de sueldos y evitar despidos, una enorme porción de la clase trabajadora argentina (y mundial) depende del fruto de su trabajo diario en diferentes actividades en los márgenes del mercado formal. La evolución del capitalismo en las últimas décadas, hegemonizado por las agresivas políticas neoliberales, ha empujado a gran parte de la fuerza de trabajo a la informalidad y a una economía de subsistencia por fuera del sistema del salario y de las legislaciones laborales que costaron décadas de lucha. No se trata solo de la economía popular, sino también los trabajadores precarizados, subcontratados, tercerizados, autónomos y, también, autogestionados. Esta fragmentación de la clase no es solo una cuestión de condición jurídica y de derechos, sino de inserción dentro de la maquinaria del mercado. Los sobrantes de producción van a parar a estas redes de comercialización informal, y el propio esquema de producción utiliza a mano de obra precaria para la provisión de materia prima reciclada. A su vez, el trabajo doméstico aparece cada vez más visible en su papel de asegurar la estructura de reproducción del capital, y más aun en los sectores que no están vinculados al salario. Todo este entramado depende de la circulación diaria y del trabajo informal y ocasional para su subsistencia.

En general, la paralización de la economía provocada por la cuarentena muestra cómo las relaciones de mercado no pueden sostenerse sin el trabajo de la enorme mayoría de la sociedad y que la tendencia de las patronales es a asegurar la reproducción y acumulación de capital por sobre la necesidad de la población trabajadora. Ese es el sentido de la presión: o se desprenden de la mayor parte de sus trabajadores o el Estado debe compensar el faltante para la acumulación.

Para las empresas autogestionadas, que no tienen por lo general la capacidad de capitalización suficiente para resistir la emergencia sin producir, el desafío también es la supervivencia. Al estar impedidas de comercializar, necesitan asegurar ingresos a través de la política pública. La diferencia con los grandes empresarios es que no tienen el poder de lobby para presionar al Estado ni pueden tomar medidas para descargar el costo sobre los trabajadores, es decir, sobre sí mismos. Hace falta una política pública activa para compensar este momento, y la pandemia encuentra a un Estado arrasado por cuatro años de gobierno de los mismos que ahora presionan para “no ganar menos”, y sin haber tenido tiempo de desarrollar las herramientas para concretar las intenciones que declama.

Se trata de un Primero de Mayo diferente, y no solo por no poder salir a la calle, sino porque el sistema está más desnudo que nunca. Nunca más claro que en esta situación el dicho gramsciano de que “lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer”.

 

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