Solidaridad en la cuarentena. El frigorífico INCOB

Por Francisco Cantamutto

En medio de la pandemia, el frigorífico recuperado Incob de Bahía Blanca no solo se mantiene operativo, sino que desarrolla redes de solidaridad con los sectores más postergados de su vecindad. A pesar de haber sufrido un costoso robo a principios de la cuarentena, la cooperativa se las arregló para donar 4000 kilos de carne a quienes aún no logró llegar la ayuda de un Estado devastado por cuatro años de neoliberalismo.

 

La pandemia de coronavirus COVID-19 ha hecho estallar las tensiones que acumulaba la economía mundial y la Argentina no escapa a esta coyuntura. Sin embargo, tras la virtual destrucción del aparato productivo bajo el gobierno de Cambiemos, el país se encontró en una situación de desventaja para encarar la crisis. Mayor pobreza, mayor desigualdad, mayor desempleo, menores salarios, peores condiciones laborales, PyMEs ahogadas de deudas, y todo esto por una auténtica apuesta a la especulación.

Las expectativas para con el nuevo gobierno no eran pocas, en línea con intentar revertir esta situación penosa. La pandemia global ha puesto una nueva dificultad sobre la mesa, justo cuando más urgencia había por resolver deudas sociales.Es importante considerar este contexto al momento de pensar las acciones concretas que se describen.

Las empresas recuperadas son parte de esta condición atacada por las políticas de los últimos años, y les cabe perfectamente la descripción previa. Lidiando con tarifazos, tasas de interés impagables, un mercado interno cada vez más exiguo y un contexto político adverso a quienes se organizan entre sí, como colectivo. En un gran número, en especial textiles y metalúrgicas, han tenido que cerrar por la cuarentena. Por demás, hasta el momento y como parte de un movimiento autogestivo más amplio, no han sido particularmente beneficiadas por el paquete de estímulo del gobierno –aunque a diferencia de antes, no son relegadas especialmente.

Es en este cuadro de situación que las empresas recuperadas encaran los desafíos de una economía paralizada, de cuya demanda dependen. Pocas de ellas se encuentran entre los sectores exceptuados de la parálisis por ser considerados esenciales y, en esos casos operativos, han demostrado más interés por la seguridad de sus asociados/as que muchas de las grandes empresas. Pero además han multiplicado muestras de solidaridad. Por ejemplo, varias textiles reconvirtieron sus cadenas para producir y donar barbijos.

El caso concreto que comentamos aquí es el de INCOB –Industria de la Carne Obrera–, un frigorífico recuperado de Bahía Blanca donde trabajan más de 70 personas. INCOB ha atravesado diversas vicisitudes desde su ocupación y recuperaciónen 2005. Aunque desde 2008 reiniciaron la actividad como cooperativa, atravesaron un gerenciamiento interno, que llenó al frigorífico de deudas –especialmente con organismos del Estado– para alimentar vicios personales. Por mérito y valor propio, lograron desplazar a quienes usufructuaban en nombre del colectivo y desde 2015 lograron rearmarse como grupo. Las nuevas administraciones, que garantizan la rotación, son transparentes y democráticas. Y esto fortalece la propia lucha.

Desde que se decretó la cuarentena obligatoria INCOB suspendió tareas no prioritarias, enfocándose en las faenas básicas. Cuidándose entre sí, se centraron en cumplir la cadena de abasto. Han logrado así sostener volúmenes de producción sin mayores contratiempos.

Como parte de la propia crisis, sufrieron en esos primeros días el robo de una sierra de pechos, una maquinaria básica para el trabajo que vale más de medio millón de pesos. En los barrios aledaños, como en tantos lugares, se respira necesidad: el alivio que se esperó durante años no llega y desespera. Pero como reacción no surge la condena ni la demonización, sino la empatía y la solidaridad.

“Cuando se inició lo de la pandemia, la cuarentena, empezamos a ver que cerca nuestro había personas, gente conocida, que estaba necesitada, que la estaba pasando realmente mal. Nosotros tuvimos si se quiere el privilegio de que somos industria del alimento, y necesitábamos seguir trabajando para que no haya desabastecimiento. Pero tenemos conocidos (…) que sí se vieron golpeados desde el primer momento.” Así lo relataba Orlando Acosta, secretario de la cooperativa. Al igual que Belén Fernández, trabajadora del frigorífico, enfatizaron que lo que se inició como una cadena de donaciones a quienes estaban cerca, conocidos, se transformó rápidamente –y con el impulso especial del actual presidente de la cooperativa, Ernesto Güenemil– en un mecanismo aceitado de actuación a un radio mayor. Una recuperada, vapuleada, golpeada por dentro y por fuera, se piensa a sí misma como privilegiada ante sus pares. Y actúa.

Desde que se inició la cuarentena INCOB lleva donados unos 4.000 kilos de carne. Cortes más valiosos como lengua o entraña se mezclan con hígado, mondongo, quijada, corazón y rabos. De la venta de estos cortes surge la diferencia que nutre a la cooperativa; no de la faena del animal en sí misma, sino de estas menudencias, un arreglo común en la industria. Es decir, quienes trabajan en INCOB podrían vender más y solventar el frigorífico (y, por ejemplo, apuntar a comprar una nueva sierra) o mejorar sus retiros. En cambio, eligen donar. De este modo, ejecutan la magnífica operación de desmercantilizar estos bienes:  dejan de ser mercaderías para ser alimentos, y como tales, deben ir a quienes tienen hambre. Cambiar valores de cambio a valores de uso, incluso a costa propia.

Las donaciones se realizan a comedores, merenderos, organizaciones barriales, pero también familias en necesidad, a las que se reparte según el orden de pedido de ayuda. Con dolor mencionaban el caso de una familia que estaba viviendo en las instalaciones para animales donde antes funcionaba el zoológico municipal. Se reparten también una vez a la semana alimentos no perecederos y ropa que donan también los y las trabajadoras del frigorífico. Una cooperativa apícola sumó donaciones de miel en este mismo plan. Pero no solo eso, sino que además solventan los repartos, con el gasto de combustible de recorrer todos los barrios necesitados de la ciudad, con el mismo vehículo que usan para que la cooperativa funcione. La regional local de la CTA realizó una donación en dinero para colaborar con estos gastos. Y más aún, donan su tiempo, preparando paquetes y repartiéndolos, cuando podrían estar con sus familias, cuidándose entre sí.

Las formas adoptadas por la recuperada para llegar hasta el límite de sus posibilidades, empalidece a un Estado enflaquecido, que no llega con la rapidez y calidad necesaria. Orlando resaltó la existencia de una nutrida lista de espera para recibir donaciones. A su vez, Belén mencionaba que el pedido se torna demanda y luego frustración cuando no alcanza para todos/as. Es decir, el escaso dinamismo del Estado se transfiere en frustración con quienes toman su lugar para buscar ayudar. Las necesidades urgentes de comida no admiten más dilaciones, franqueados por años de miseria.

Este esfuerzo no recibe la atención que merece en la prensa, más atenta a episodios violentos y otras yerbas. Con seguridad, el caso de INCOB no es el único ni quizás tampoco sea el más épico, pero definitivamente es un ejemplo que vale la pena rescatar, para que no pase desapercibido. INCOB, como recuperada que es, cuida de sus trabajadores/as y a quienes lo rodean. Una lógica que jamás se compatibilizará con el ánimo de lucro como motor de la economía.

 

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