DOSSIER | Alimentar a las masas se volvió un acto revolucionario: coronavirus, pandemia del bolsonarismo y lucha ecocomunista en el Brasil*

Por: Henrique Tahan Novaes Docente de la FFC y del Programa de Posgrado en Educación UNESP Marília. Coordinador del Mini Curso Itinerante “Cuestión agraria, cooperación y agroecología” (7 ediciones). Coordinador del Curso de Perfeccionamiento Itinerante “Movimentos Sociais e Crises Contemporâneas” (10 ediciones).

En esta nueva entrega del Dossier sobre la clase trabajadora en la pandemia mundial, Henrique Novaes nos hace un crudo y a la vez esperanzado retrato de un Brasil que se debate entre la pandemia del coronovirus, que ya se llevó la vida de más de 50.000 brasileros, y la pandemia del bolsonarismo, que lleva el país a la destrucción. En una continuidad clara entre las políticas de la élite desplegadas desde el golpe de 1964 hasta el golpe de 2016, el artículo describe las acciones antipopulares que encarna el fascismo desatado de Bolsonaro pero también las muestras de resistencia del pueblo brasilero.

¿Qué está pasando en el Brasil?

Los crímenes socioambientales que ya existían en gobiernos anteriores se multiplicaron de forma más acentuada desde el Golpe de 2016 (un gran crimen político). En un plano más amplio, podemos recordar apenas algunos hechos de las últimas décadas: asesinato de Chico Mendes y Doroty Stang, masacres de Corumbiara y Eldorado dos Carajás, asesinatos de líderes de las Ligas Campesinas del Partido Comunista Brasilero (PCB) y de las Ligas del Nordeste, escalada de asesinatos de indígenas, quilombolas1, sin tierra y aparceros, crímenes de las empresas mineras en Bento Gonçalves y Brumadinho, derramamientos de aceite en el Nordeste, incendios planificados en la Amazonia.

El capital, con sus técnicas de manipulación de la mente, nos hace recordar al último chisme de una persona famoso, y olvidar rápidamente el sentido general de esos crímenes humanitarios y ambientales. También nos lleva a creer que el colapso socioambiental debe ser resuelto dentro de los marcos de la sociedad del capital, “por los hábitos de consumo de los individuos”, sin cuestionar el enorme poder de las corporaciones transnacionales y del Estado en la destrucción de las condiciones de existencia en la tierra.

Ya tenemos evidencias fuertes de que hubo un golpe en el Brasil en 2016. También existen evidencias fuertes de que la prisión de Lula fue política. Y, por último, la convocatoria a elecciones “democráticas” en 2018, con el adversario principal y posible vencedor de la elección en la cárcel. Todo indica que, más que apresar a Lula, fue “preso” un proyecto político de tipo “social-liberal”.

Nuestras clases propietarias aceptan todo, menos la repetición de un proyecto de reformismo al estilo Lula. Quieren libertad total para el capital y el fin de los parcos derechos sociales duramente conquistados. No es por casualidad que, abierta una oportunidad histórica para el “impeachment” en 2016, vino entonces una gran avalancha de reformas y destrucción de derechos: PEC (Propuesta de Enmienda Constitucional) del fin del mundo2, reforma laboral, reforma de las jubilaciones, mercantilización de la educación y la salud.

Las implicancias económicas, sociales y políticas de la crisis estructural del capital y el coronavirus

Nuestra hipótesis es que estamos frente a una nueva fase de una larga contrarrevolución permanente, en los términos del intelectual marxista brasilero Florestan Fernandes. La primera fase de la contrarrevolución se dio de 1964 a 1985. Cuando creíamos que iríamos a redemocratizar el país, nos hicieron olé. Las (elecciones) directas se convirtieron en indirectas. La Globo eligió a Collor en 1989. No hubo ningún ajuste de cuentas con los militares y la contrarrevolución permanente gana un nuevo impulso con Fernando Henrique Cardoso. Pasamos de la dictadura empresarial militar a la dictadura del capital financiero. Lula declara a la caña de azúcar la “salvación de la agricultura”, las empresas pasan a tener grandes ganancias, sin dejar de lado a los bancos.

A partir de los años sesenta hay una gran reestructuración del campo. Los militares llamaron a ese avance destructivo del capital “nueva frontera agrícola” y en el caso de la Amazonia, “integrar para no entregar”. Octavio Ianni en el libro “La dictadura del gran capital” nos muestra el avance destructivo del capital rumbo a nuevas regiones y fronteras. Muestra también el surgimiento de nuevas corporaciones en el sur y sudeste (faenado de cerdo, pollo y vacunos), además de la instalación de grandes corporaciones transnacionales productoras de agrotóxicos, fertilizantes sintéticos, tractores e implementos agrícolas. Nuevas carreteras son creadas, puertos, aeropuertos, usinas hidroeléctricas, en vista de la creación de las condiciones de producción del gran capital. Muestra también la convivencia de formas de trabajo “arcaicas” en el campo (trabajo análogo al esclavo) y el surgimiento de un nuevo proletariado “rural” o agroindustrial. Ese proceso no fue cerrado en el período de “redemocratización”, mucho menos en los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso, Lula y Dilma.

Llegamos entonces a Bolsonaro, el hombre de neandertal, en los términos de Paulo Alves de Lima Filho. El bolsonarismo se volvió una especie de virus, más letal que el coronavirus, pues alcanza el cerebro, produce alienación, hace a la persona reivindicar la intervención militar. El bolsonarismo es una especie de “pandemonio” en la pandemia.

Ni el mejor cientista político previa en enero de 2018 que Bolsonaro iría a ganar las elecciones en noviembre de 2018. En la Argentina, un militar que elogie torturadores no podría ser electo representante de barrio, mucho menos concejal, diputado o senador. En el Brasil, no sólo es electo (repito, en una elección farsesca), sino que se convirtió en el gran representante del capital. En las condiciones normales de temperatura y presión, todo iba camino a que el representante serio, frío y ponderado del capital – Geraldo Alckmin – venciera en la falluta elección de 2018.

El Brasil se tornó uno de los mayores escenarios de la nueva fase de acumulación “primitiva”, basada en el cercamiento de nuevas tierras en regiones “vírgenes” del capital. Problemas crónicos del Brasil como el acceso a la tierra por los campesinos, hambre, desnutrición, exportación de commodities, se van perpetuando con dramatismo cada vez mayor.

Frente a eso, ¿es posible decir que hay un proceso de fascistización en el Brasil? En el campo ciertamente sí. Creemos que el neofascismo en el siglo XXI no irá a reproducir los trazos generales del fascismo y del nazismo europeos. Eliane Brum escribió un importante texto el 27 de noviembre de 2019 en el diario El País. Ella observó que el AI-53 ya está vigente, solo no lo ve quien no quiere. Para ella, “el AI-5 ya se instala en la Amazonia (y en las periferias urbanas)”.

La barbarie promovida por el capital financiero ha traído consecuencias nefastas para la clase trabajadora en el mundo entero. Saqueo de los fondos públicos, expropiación de casas como en la crisis de 2008, destrucción parcial o completa del Estado de Bienestar social en Europa y de los pocos derechos constitucionales en el “Estado de malestar social” en América Latina. Aumento del costo de vida de la clase trabajadora, fin de la jubilación digna, destrucción de los sistemas educativos y de salud públicos, en fin, la destrucción de las condiciones de reproducción social bajo el capitalismo.

La voracidad del capital mundializado, con su “senado virtual” que decide la locación de los capitales, no respeta decisiones populares, pasa por encima de los parlamentos y promueve golpes en todos los rincones del mundo. Para citar solo el caso da América Latina, vimos en los últimos años prisiones políticas de presidentes, juicios políticos irregulares y más recientemente masacres en las rebeliones populares en el Ecuador, Chile, Bolivia, Honduras y Haití, mostrando toda la crueldad de las clases propietarias.

La producción destructiva de las grandes corporaciones transnacionales (bancos, aseguradoras, mineras, contratistas, automovilísticas, complejo militar, etc.), basada en la reproducción ampliada del capital y en la obsolescencia programada de las mercancías, genera crímenes socioambientales de gran envergadura, como vimos más arriba, crean ciudades insoportables, roban tierras y otros recursos estratégicos a la nueva geopolítica mundial. Además, el imperialismo genera guerras de media y baja intensidad que matan en escala inédita y sin ningún pudor.

En el mundo del trabajo, base de toda producción de valor, se combinan formas tayloristas-fordistas con las formas del régimen de acumulación flexible y, más recientemente, la uberización y otras formas de trabajo análogas a la esclavitud. Frente a eso, la superexplotación del trabajo, el subempleo y el desempleo en masa pasan a ser parte de la dramática realidad de las naciones.

Pero la clase trabajadora no está viendo pasiva la ofensiva del capital. Una bandera, entre las miles que llevaban los manifestantes en Chile, decía: “Aquí nació el neoliberalismo y aquí será enterrado”. Si esas banderas avanzarán hacia acciones anticapital más amplias, que enfrenten el modo de producción, aún no es posible saberlo, pese a estar inserta en un fuerte proceso de reacción contra el neoliberalismo.

Las acciones de la clase trabajadora frente a la pandemia de coronavirus

Con la crisis del coronavirus, numerosos movimientos sociales en el Brasil (partidos de izquierda, sindicatos, sin tierra, sin techo, feministas, movimiento negro, asociaciones de barrio, etc.), a través de sus prácticas de autoorganización, independentes del Estado, realizaron acciones tales como: a) donación de alimentos en las favelas; b) donación de alimentos para personas en situación de calle, c) donación de ropas; d) autoorganización de las cuestiones de salud y prevención al coronavirus en las favelas; d) luchas virtuales contra el virus del bolsonarismo, debates virtuales, etc.; e) intensificación de la producción de alimentos agroecológicos.

Las Iglesias también hicieron su parte. Es evidente que estamos lejos de una acción integral frente a la dramática crisis que estamos viviendo en el Brasil. Sin embargo, la crisis acentuó prácticas de combate al hambre que fueron realizadas en los años ochenta, en el contexto de la “redemocratización” del Brasil y del aumento de la pobreza.

José Graziano da Silva, brasilero, expresidente de la FAO-ONU, afirmó recientemente que el Brasil volvió a formar parte del mapa mundial del hambre. Otro membro de la ONU afirmó recientemente que tendremos hambre en “proporciones bíblicas”. Las tasas de crecimiento de la economía brasilera ya eran muy bajas. Desde 2011, como reflejo de la crisis de 2009, el desempleo creció. En 2019 la desocupación cayó, pero el empleo generado fue extremamente precario. Y se pensamos en un plazo más largo, América Latina vive un gran estancamiento desde 1980.

Las clases propietarias crearon un plan bastante modesto de apoyo a los informales, pequeños “emprendedores” y asalariados. Por presión de los partidos de izquierda, la cámara de diputados aprobó la liberación de R$ 600 (unos U$ 120) por tres meses. La cámara flexibilizó el pago de salarios por las empresas. Para las centrales sindicales y partidos, R$ 600 fue muy poco frente a las necesidades de una población como la brasilera, que vive en la miseria, con pocos ingresos, en casillas. Llegaron a pedir R$ 1.200 por mes, pero no fue aprobado. De los 100 millones de personas de la población económicamente activa, cerca de 40 millones viven en la informalidad, con una renta familiar media inferior a R$ 2.000. Los llamados “microemprendedores individuales” perdieron buena parte de sus ingresos con la pandemia. Ellos están lejos de ser empresarios en lo que se refiere a su trabajo, aunque ideológicamente defiendan las pautas de la burguesía.

La crisis del coronavirus también abrió las puertas a la tragedia social brasileira. El 40% de la población aún no tiene saneamiento básico. Vive en casuchas mal ventiladas, oscuras y sucias. No logra pagar la energía eléctrica y no tiene red de agua potable. En muchas favelas, la mitad del año lectivo está cancelado, en función de los toques de queda de los traficantes de drogas. Con el cierre de las escuelas, muchos niños están pasando hambre, pues en el único lugar que pueden alimentarse es en las escuelas.

Perspectivas para el futuro

István Mészáros, un importante filósofo húngaro muy conocido en el Brasil, creía que debemos caminar no solo más allá del modelo neoliberal, sino más allá del capital. Es urgente la construcción de un programa de transición en el siglo XXI y la creación de acciones prácticas coordinadas que apunten a una “alternativa radical e integral” al sociometabolismo del capital. No podemos darnos el lujo de tener millares de luchas pulverizadas y fragmentadas.

Michel Löwy ha defendido el uso de los términos ecosocialismo o ecocomunismo. En un nivel menor de abstracción, la bandera de la agroecología debe ser levantada con urgencia. La agroecología defendida por nosotros se distancia radicalmente de las acciones del capital y su “mercado verde”, inclusive impulsado por las grandes corporaciones transnacionales. Se distancia del ecocapitalismo, que tiende a ignorar la cuestión agraria y a estimular acciones en el campo de la “responsabilidad social empresaria”.

Se distancia del cooperativismo del capital, que se mueve en función de la reproducción ampliada del capital. Creemos que es necesaria una crítica implacable a la posesión y uso de la tierra en el Brasil, grabadas a hierro y fuego por el latifundio y por la superexplotación del trabajo, además de la producción de commodities para el mercado externo. Este circuito de producción de mercancías genera hambre y desnutrición en un país rico en tierras y sol. Los cuatro siglos de latifundio no conducen solo a la inserción económica dependente y asociada de nuestra burguesía, sino también a la subordinación política de nuestro subsistema económico al sistema capitalista mundializado.

La crisis estructural del capital ya se viene arrastrando desde 1970. América Latina pasa por un largo estancamiento, de 40 años. La crisis estructural del capital pasa por una nueva fase desde 2008. En el inicio de 2020, el capitalismo fue sacudido por el coronavirus. En los EUA, ya tenemos 26 millones de trabajadores solicitando seguro de desempleo. En el Brasil el dólar se disparó. La pobreza, el hambre y la miseria, escondidas en las estadísticas de la “sociedad del conocimiento” y del “progreso”, no pueden más ser arrojadas debajo de la alfombra. Según las previsiones del Banco Mundial, la crisis será mayor que la de 1929. ¿Pero qué es lo que la nueva fase de la crisis estructural del capital y el coronavirus podrán enseñar a la humanidad?

Dimos a los capitalistas la chance de alimentar al pueblo por 500 años. Todo indica, como nos muestra Marx, que el alimento producido es vehículo de alimentación del capital, para engordar al capital financiero. Llegó nuestro turno, llegó la hora de que la clase trabajadora tome las riendas de la producción, comercialización y consumo de alimentos teniendo en vista la producción de valores de uso.

En ese sentido, la alimentación de la clase trabajadora del mundo entero se hizo un acto revolucionario. Para eso, será necesaria la construcción de una revolución mundial, para más allá del capital, que unifique las luchas de todos los pueblos, y dentro de esa revolución, una revolución alimentaria, para producir alimentos saludables y agroecológicos no solo para las clases medias y algunas pequeñas porciones de la clase trabajadora como actualmente, sino para la clase trabajadora de todos los sitios de la Tierra.

Tenemos que dar prioridad a la vida y no al lucro de las corporaciones transnacionales que transforman alimentos en commodities, que transforman alimentos en capital ficticio valorizado en las bolsas de valores.

La crisis brasilera es más dramática, porque aquí ya nos encaminamos para un gobierno de extrema derecha, que se asemeja a los primeros ministros de Hungría y Polonia. Bolsonaro es un genocida, se coloca contra la cuarentena, elogia torturadores. Es una cuestión de salud pública sacarlo del poder. A mi entender, ya es un subpresidente de la república, pues la presidencia está siendo tercerizada en una junta militar. El presidente de la cámara, Rodrigo Maia, comandó la reforma de la previdencia y ya es una especie de primer ministro.

¿Qué es el Brasil hoy? Una colonia moderna de los Estados Unidos, donde el jefe del protectorado se llama Bolsonaro. Sus ministros son irracionalistas, defienden acciones que se asemejan a los tiempos de la dictadura empresarial-militar. Ministros que repiten frases y hechos de la época de Hitler, hay “caza a los comunistas” directa o indirectamente en las Universidades y estrangulamiento de los fondos públicos para las ciencias humanas. El gran problema del Brasil hoy es que no podemos salir a las calles para derrotarlos. Bromeando un poco con nuestra tragedia, creo que quien “inventó el virus” fue la dupla Piñera y Bolsonaro. Piñera porque Chile venía en un ascenso increíble de las luchas populares. Bolsonaro porque tiene en este momento un estado de excepción permanente para seguir como pandemonio en la pandemia.

Para finalizar, con una cierta esperanza de que venceremos a la pandemia bolsonarista, destacaría que en el libro “Mundo del trabajo asociado y embriones de educación para más allá del capital” (Novaes y otros, 2018, Editora Lutas anticapital) retratamos las luchas de resistencia de las trabajadoras y trabajadores campesinos, el preanuncio de formas alternativas de trabajo, educación y de vida, que podrán desembocar en una sociedad para superar el capital. Surgidas de las entrañas del sociometabolismo del capital, las nuevas formas de producción y de vida tienen un enorme potencial emancipatorio, que pueden avanzar, pero también pueden agotarse rápidamente, en caso de que los trabajadores del mundo entero no salgan de la defensiva. Frente al avance destructivo del capital en el gobierno del neandertal Bolsonaro, que destruye en masa poblaciones y países, el lema “ecocomunismo o barbarie” gana cada vez más centralidad. Alimentar a las masas se convirtió en un acto revolucionario urgente e impostergable. El hambre, la miseria y el derecho a la vida no pueden esperar.

* Parte de las ideas aquí defendidas saldrán en el texto “O avanço destrutivo do capital no governo Bolsonaro e os desafios da luta ecocomunista”, publicado en el blog Marxismo21.

1 Habitantes de los antiguos quilombos, poblaciones de esclavos fugitivos.

2 El autor llama así a una serie de enmiendas constitucionales votadas por el Parlamento, entre ellos el congelamiento de la inversión pública por veinte años.

3 El acto Institucional 5 (AI-5) fue el decreto que desató la mayor etapa represiva de la dictadura brasilera en 1968 (N. del T.).

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