45 años del inicio de la dictadura genocida: El desafío de desandar la miseria planificada

Por: Andrés Ruggeri

La miseria planificada, como la calificó Rodolfo Walsh, fue uno de los objeticos claves del programa económico de la dictadura, cuyas consecuencias pueden verse claramente hasta hoy, en que la necesidad de asistencia estatal a amplios sectores de la población en el marco de la pandemia evidenció con números esa realidad, consolidada en los períodos neoliberales explícitos. La organización popular y autogestionario debe ser incluida necesariamente en cualquier proyecto que busque revertir esa realidad.

En un párrafo clarividente de su Carta abierta a la Junta Militar, Rodolfo Walsh calificaba a la política económica de la dictadura iniciada el 24 de marzo de 1976 como “miseria planificada”, un aspecto esencial del programa de las clases dominantes en el que el genocidio posibilitó, mediante la eliminación física de la oposición y la parálisis a través del terror del resto de la sociedad, el piso político para transformaciones estructurales que buscaron ser irreversibles. El hilo de esa planificación de la miseria se puede seguir hasta el presente, en que la paralización casi total de la economía debido al aislamiento social obligatoria decretado en marzo del año pasado permitió ver, como en una radiografía, hasta qué punto las consecuencias de esas transformaciones conseguidas a sangre y fuego, primero, y a través de la aplicación de las recetas neoliberales en gobiernos constitucionales después, no solo continúan vigentes sino que se han acrecentado, como un gigantesco lastre que hunde cualquier intento de desandar la telaraña urdida por Martínez de Hoz y sus Chicago Boys.

Aunque ahora, décadas después, es bastante claro que la dictadura fue tan cívica como militar y que estableció las bases de un programa neoliberal que tuvo su continuidad con Carlos Menem y, en su última expresión, con Mauricio Macri, esto no resultaba tan evidente en el momento en que lo hace notar Walsh, en medio de una orgía de sangre de la que el mismo fue víctima tan solo un día después de publicar su Carta. Políticas liberales y monetaristas ya habían sido llevadas adelante por la autodenominada Revolución Libertadora y por sucesivos ministros de economía de dictaduras previas, como Álvaro Alsogaray o Adalberto Krieger Vasena. Sin embargo, no lograron la profundidad de lo que, como diría Jorge Schvarzer¹, fue un intento de volver irreversibles nuevas condiciones socioeconómicas que impidieran que el bloque de poder social y económico fuera nuevamente desafiado por las clases trabajadoras. Así lo corroboró, por ejemplo, James Petras, que en un trabajo publicado en fecha tan temprana como 1979 relataba como, en los primeros 70, un gran empresario argentino ya le había anticipado el exterminio como única manera de controlar a una movilización y organización obrera cada vez más vigorosa2.

El análisis de Walsh fue confirmado por las medidas tomadas por los economistas de la dictadura (reducción estrepitosa de la incidencia de la masa salarial en la distribución de la riqueza, desregulación y reforma de las reglas de funcionamiento de la banca, endeudamiento externo exponencial que financió la fuga masiva de capitales, desindustrialización mediante la apertura indiscriminada de importaciones, “plata dulce” y bicicleta financiera como modelo preferencial de acumulación, entre otras) que llevaron a una crisis galopante que culminó en la demencial aventura bélica de Malvinas y, poco después, con la caída de la dictadura. Quizá este saqueo desmedido y concentrado en poco margen de tiempo, que parece ser una constante en la conducta de nuestras clases dominantes y atenta contra la factibilidad de estructurar proyectos políticos que logren hegemonías políticas duraderas, haya marcado la diferencia con otras experiencias latinoamericanas en que los proyectos dictatoriales lograron asegurar la concreción completa del programa neoliberal, como en el Chile de Pinochet.

A la salida de la dictadura, en los 80, varios trabajos fueron dando cuenta de distintos aspectos que corroboraban la hipótesis de la miseria planificado o, en otras palabras, de los cambios estructurales que la dictadura había provocado en la estructura socioeconómica argentina. Un lúcido trabajo de Juan Villarreal³, apenas consumado el triunfo electoral de Alfonsín, constataba una transformación de la conformación de las clases populares, que había resultado en la disminución relativa de la clase trabajadora industrial (y por lo tanto, el peso de sus organizaciones) a costa del crecimiento del cuentapropismo y la informalidad. Quizá fuera prematuro (a la luz de la evolución posterior) intentar explicar la derrota del peronismo en 1983 por estos cambios socioeconómicos, pero la tesis de Villarreal de que la dictadura había logrado concentrar y unificar “por arriba” y fragmentar “por abajo” encontró un correlato en los pioneros estudios de Eduardo Basualdo, Daniel Aspiazu y Miguel Khavisse4 sobre la conformación de un conglomerado de “nuevo” poder económico, conformado por grupos concentrados y diversificados, asociados al capital extranjero y que crecieron amparados por la obra pública y el endeudamiento externo estatizado.

Como todos sabemos, fue el menemismo el que, después del convulsionado gobierno de Raúl Alfonsín, terminó de llevar adelante el programa inconcluso de Martínez de Hoz. La sociedad argentina sufrió una transformación regresiva brutal, que acabó en la explosión del modelo de la convertibilidad en diciembre de 2001, mostrando la inviabilidad social y política del neoliberalismo, especialmente cuando abandona la protección de un Estado autoritario que lo arrope cuando se agrieta la hegemonía que había conseguido disfrutar a principios de los 90. El quiebre de la estructura industrial que había sido edificada durante el período conocido por los economistas como “industrialización por sustitución de importaciones” había conseguido, como lo anticipó el informante burgués de Petras veinte años antes, reducir el peso de la clase obrera industrial y debilitar sus organizaciones, completando la tarea de demolición empezada por el terrorismo de Estado. La Argentina que emergió de la crisis mostraba niveles récord de desocupación y marginalidad, siguiendo el hilo de la miseria planificada, con más de un tercio de su población expulsada del trabajo asalariado formal y los derechos laborales y sociales duramente conquistados a través de décadas de lucha obrera.

La recuperación económica durante los gobiernos kirchneristas, con la mejora de la situación social a partir del retorno de políticas públicas activas para mitigar la pobreza y promover la reactivación del mercado interno y la capacidad del Estado para intervenir en la economía, lograron una reducción de los niveles de pobreza extrema y de la desocupación. La capacidad de los trabajadores de disputar nuevamente los niveles salariales y las condiciones de trabajo acompañaron y en parte lograron consolidar estos avances. Sin embargo, a medida que la puja distributiva se iba acentuando, las contradicciones con el bloque de poder emergente de la dictadura fueron llevando a conflictos que tensionaron la política y la disputa socioeconómica hasta generar confrontaciones cada vez más agudas y que mostraron hasta qué punto las trazas de la ideología liberal de la dictadura y del neoliberalismo de los noventa habían calado en amplios sectores de nuestra sociedad. Porque la miseria planificada no era para todo el mundo, así como no lo fue la convertibilidad, pero sobre todo fue dejando el mensaje de la salvación individual y a costa de otros, aquellos a los que siempre, desde hace siglos, les toca perder.

Ese mensaje miserable que es el núcleo de la ideología de la racionalidad económica liberal (y neo) logró expresarse por primera vez en una opción electoral con el macrismo, primero embellecida por la mercadotecnia de Durán Barba y, ahora, expuesta con brutal sinceridad después de haber conseguido en un tiempo récord de cuatro años emular el endeudamiento y la febril bicicleta financiera de la plata dulce de Martínez de Hoz. Pero, principalmente, estos métodos de enriquecimiento próximos al saqueo abierto no solo desfinanciaron al Estado y dejaron quebrado al país, sino que retrotrajeron al grueso de la sociedad a altos niveles de pobreza, cuyo núcleo duro estructural las políticas de expansión del empleo del período kirchnerista no había logrado reducir.

La pandemia que estalló cuando el nuevo gobierno posmacrista apenas se estaba acomodando mostró esta realidad con toda su crudeza: la población que necesita asistencia del Estado para sobrevivir en el marco de las medidas sanitarias (que la derecha combate bajo el lema “que se mueran los que se tengan que morir”) ronda los 11 o 12 millones de personas económicamente activas (prácticamente la mitad de la PEA), un número que el gobierno no se esperaba, lo que habla a las claras de lo “invisible” que son los precarizados cuando se los busca donde no están (como desocupados y no como informales y diversas formas de economía popular). Se trata de la consumación de la planificación de la miseria que empezó la dictadura y continuaron sus sucesores en diferentes gobiernos democráticamente electos. La vieja sociedad salarial, que empezó a perder peso con el Rodrigazo de 1975 y cuya reducción fue uno de los objetivos de la dictadura, se ha transformado en el mundo entero en un bien escaso y reducido a un núcleo que logra conservar condiciones laborales con derechos y buenos salarios y un cada vez más amplio sector sujeto a relaciones de hiperexplotación. El neoliberalismo es la expresión ideológica de esta transformación, de la que el recorrido que acabamos de esbozar siguiendo el hilo de la planificación de la miseria es solo el capítulo argentino.

Para revertir esta situación no solo hay que tener en claro que las condiciones que generaron el viejo proyecto industrialista y de pleno empleo que expresó el peronismo a mediados del siglo XX han cambiado y, como mínimo, sus premisas deben ser rediscutidas para poder tener adecuadas estrategias y herramientas de transformación social y económica, sino también entender cuál es la naturaleza de la miseria que han ido construyendo los neoliberales en distintos períodos. ¿Son simplemente excluidos o son explotados a través de nuevas (o antiquísimas) relaciones de articulación subordinada entre el capital y las diversas formas de precariedad y economía popular? ¿Estamos hablando simplemente de cuentapropistas, como veía Villarreal en 1985, de desocupados que intentaban organizarse para recuperar el empleo como en los 90 y el 2001, o ya se trata de un fenómeno de formas múltiples de economía de subsistencia que deben ser objeto (y, antes que nada, sujeto) de nuevas estrategias de lucha y de política económica que les permitan convertir esas economías precarias en una nueva lógica de producción y reproducción de sus vidas? Parte de las respuestas a esas preguntas deben partir del hecho de que los expulsados por la planificación de la miseria han constituido sus propios sujetos y sus propias experiencias de organización, no solo para resistir, sino para vivir, a través de formas más o menos de subsistencia que, y sobran los ejemplos, en muchos casos han logrado construir mediante la economía de la autogestión relaciones económicas asociativas y capaces de reinsertarlos y generar alternativas a la resignación.

Se trata, por supuesto, de preguntas y debates que nos exceden, pero que pueden indicar pistas para empezar a delinear una estrategia y un proyecto para desandar la miseria planificada que vislumbró Rodolfo Walsh en 1977.

 

 

1. Schvarzer, Jorge. La política económica de Martínez de Hoz, Buenos Aires: Hyspamérica , 1986.

2. James Petras. “El terror y la hidra: el resurgimiento de la clase trabajadora argentina” en James Petras. Clase, Estado y Poder en el Tercer Mundo México: Fondo de Cultura Económica, 1986.

3. Villarreal, Juan. Los hilos sociales del poder. En Crisis de la dictadura argentina, política económica y cambio social. Buenos Aires: Siglo XXI, 1985.

4. Aspiazu, Daniel, Basualdo, Eduardo y Khavisse, Miguel. El nuevo poder económico en la Argentina de los años 80. Buenos Aires: Legasa, 1986.

 

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