Barbijos cooperativos: La economía autogestionada interviene en la pandemia

Por Roly Villani

Apenas se empezó a hablar de coronavirus, en los primeros días de este inverosímil 2020, hubo notas en los medios que decían que los barbijos habían subido de precio y costaban 45 pesos cada uno. Ya en abril y con la cuarentena a todo galope, los más baratos se compran por paquete de 500 a 40 mil pesos, es decir, 80 pesos cada uno.

Los dirigentes empresarios lo repiten hasta el cansancio: la crisis es una oportunidad. Para el capitalismo, una pandemia es el momento de vender (o inventar) artículos vinculados a ella. Desabastecimiento y suba de precio van de la mano. Y ganancias extras también.

Para intervenir en la lógica de oferta y demanda en un momento tan delicado y con unos artículos tan estratégicos, el sector cooperativo entró en escena. “Nos pusimos la meta de producir 18 mil barbijos por día”, dice Joaquín Fernández Sancha, presidente de la Red Textil Cooperativa. Por el momento, son proveedores del Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires y de varios entes estatales de menor envergadura. Pero no son los únicos: Textiles Pigüé, la empresa recuperada insignia que se formó tras el abandono de GATIC SA también se puso manos a la obra. “Nos pusimos a disposición del municipio y de su Secretaria de Salud sin ningún tipo de ánimo de lucro, con el objetivo inicial de asistir al Estado pensando en los vecinos y en la comunidad”, dice Francisco Martínez, (director y expresidente de la cooperativa).

El objetivo inicial es abastecer rápidamente al Estado de ese producto tan importante y tan crítico en este momento para lograr, de paso, que la disponibilidad genere una baja en el precio.

Los voceros del libre mercado suelen descalificar -por supuesto que a base de prejuicios- al sector cooperativo por su falta de dinamismo. Los dueños del capital suponen que solo una orden emanada de la gerencia puede organizar la producción de acuerdo a los tiempos que demanda “el mercado”. En este caso se puede ver con claridad que eso es otra falacia: ninguno de los dos emprendimientos tenía el barbijo como producto de su catálogo y sólo necesitaron un par de días para empezar a producirlo solidariamente.

Textiles Pigüé tiene el centro de su producción dedicada a la indumentaria deportiva. “Tenemos un departamento de diseño que rápidamente hizo una estandarización de los procesos, los cálculos correspondientes y ya estamos trabajando con pedidos concretos de empresas y de otros municipios”, dice Martínez, quien agrega: “Esto también nos permitió pensar que como somos una textil podemos producir también cofias, delantales quirúrgicos, todos los elementos que usa el sector de la salud”.

En el caso de la Red Textil (que forma parte de la Confederación Nacional de Cooperativas de Trabajo) ninguna de las 66 cooperativas que conforman el colectivo tenía termofusión, así que arrancaron a producir cosiéndolos pero se pusieron en contactos con universidades públicas del conurbano para mejorar eso. “Los ambos, las cofias y los barbijos no son cosidos sino termofusionados, muchos de estos productos son importados y con el cierre de las importaciones se complicaba”. Además está claro que, pese a que es una simple mascarilla, el barbijo tiene que cumplir una función muy importante en el contexto de la pandemia y ser eficaz para ese objetivo. “Entendemos que el trabajo que hacemos tiene que ser lo más profesional posible, y le pedimos asesoramiento al INTI, con quien tenemos contacto porque muchas de nuestras cooperativas estaban certificadas ya por ese organismo para trabajar productos hospitalarios –dice Fernández Sancha– y tomamos contacto con ANMAT para que nos certifique también”. Trabajaron junto a la Universidad de Lanús y la de Quilmes. “No planteamos comprar la máquina de termofusión, sino desarrollarlas junto a las universidades”, dice.

El orgullo de ponerle el pecho a un problema mundial no podía, además, hacerse a riesgo de los trabajadores. En el caso de Pigüé “estuvo afectado solo el personal de confección, cuando surge la idea de colaborar con el municipio se organizaron los turnos para tener producción con todos los recaudos, por suerte esta fábrica es grande y no hay hacinamiento”, dice Martínez. En el caso de la RTC, se coordinó con todas las cooperativas y se diseñó también un sistema de turnos escalonados para que no haya nunca demasiada gente en los talleres. “Descartamos la idea de que trabajen en sus casas porque era un riesgo mayor”, dice Fernández Sancha.

El círculo virtuoso de la producción local, la investigación oficial y la sustitución de importaciones se puso en marcha una vez más, desde el sector de la economía autogestionada.

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